martes, 29 de diciembre de 2020

El coronel Ignotus

Es cierto que, como ya señaló Antonio Machado, en este país, nueve de cada diez cabezas se dedican antes a embestir que a pensar; es un rasgo característico de nuestra idiosincrasia, quizá relacionado con nuestra tradicional afición a la tauromaquia: ambas actividades exigen parecida utilización del raciocinio. Pero también es cierto que aprovechamos notablemente bien ese minoritario diez por ciento, será por eso -por adecuación a la oportunidad- que nuestra colección de heterodoxos es bastante lucida (además de la conocida obra del ortodoxísimo y catoliquísimo Marcelino Menedez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles, está la intersante obra de Fernando García de Cortázar, Los perdedores de la Historia de España); en tiempos recientes y en el terreno de la ciencia y la ingeniería se me ocurren, así, a vuelapluma, varios ejemplos de brillantes heterodoxos: Santiago Ramón y Cajal, Isaac Peral, Juan de la Cierva, Leonardo Torres Quevedo y el menos conocido Emilio Herrera, que ya en 1935 diseñó una escafandra estratonaútica inspiración directa para los ingenieros de la NASA, treinta años después, en el diseño de los trajes espaciales para los astronautas; también fué el director técnico de la aviación republicana durante la guerra civil, exiliado de España tras ésta y Presidente de la II República Española en el exilio entre 1960 y 1962.

Pero hoy aquí quiero recordar la figura de otro heterodoxo también brillante y original, la de José de Elola y Gutiérrez, de la que tuve pronto conocimiento -por mi profesión- al haber sido, entre sus otras actividades, autor de tratados sobre Topografía e inventor de aparatos en ese campo (brújula taquimétrica autorreductora y la famosa mira Elola, permeable al viento). Elola (coetáneo y paisano de Manuel Azaña, aunque supongo que, de conocerse, no hubiera entre ellos mucha afinidad ideológica), coronel de Estado Mayor y que, como tal, planificó las defensas de Puerto Rico poco antes de la guerra hispano-norteamericana de 1898, fué también el coronel Ignotus, seudónimo que utilizó para firmar una larga saga de originalísimas novelas de ciencia-ficción -Biblioteca novelesco-científica- tal que ésta; es cierto que conservó su rango militar en el seudónimo con que firmaba sus obras, pero todo lo demás es pura imaginación premonitoria. Hoy, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror celebra los HispaCon y concede los Premios Ignotus a las consideradas mejores obras de ciencia ficción.

Como muestra de su incuestionable originalidad, incluyo la sinopsis de otra de sus novelas, Amor en el siglo cien: dos novios bilbaínos (de nombres y apellidos tan poco vascos como Inés Ramírez y Juan García) son accidentalmente hibernados en el año 2000 (que también era futuro lejano en 1922, el año que fué publicada la obra) y reanimados en el siglo cien. En el mundo futuro en el que despiertan -aunque se habla una versión actualizada de esperanto, ellos logran entenderse en euskera, que continúa siento utilizado por los vascos del siglo cien-  una de las fuentes de energía más utilizada es la energía del amor -en realidad, la generada durante (o previamente) el acto sexual en las denominadas yuntas amatorias- energía que se mide en electrocupidios y que es extraída de jóvenes parejas de amantes pertenecientes a la clase social baja (sí, en el siglo cien continúan existiendo diferentes clases sociales). Mientras, las clases altas  disfrutan de las ventajas y comodidades propias de su clase -una característica también intemporal- conformando una sociedad decadente y de relajadas costumbres morales, educada en la promiscuidad y en la que religión ha sido transferida para uso exlusivo de las clases bajas. Pero el amor de los bilbaínos provenientes del siglo XX es tan grande -pese a la hibernación- que, a causa de un escape accidental, sobrecargan el sistema con una ola de amor puro que se extiende por todo el mundo cual benéfica pandemia, una inundación generalizada de bondad y amor al prójimo que provoca la abolición del sistema oligárquico y la supresión de la casta de los parias de la clase baja, que a partir de entonces serán considerados como auténticos seres humanos: el revolucionario comienzo de una nueva sociedad, nacida del amor de los dos protagonistas. ¿A quien se le ocurre hoy algo parecido, que me apunto?

Rafael Azcona, cuando le contaban algún sucedido de esos intensamente tragicómicos en los que se inspiran sus guiones, confesaba a quien se lo contaba: ¿sabes?, eso me reconcilia con la vida. A mí, una de las cosas que me reconcilian con la vida en este país, del que muchos -con la excepción conocida del permanente neófito James Rhodes- renegamos frecuentemente, es que, de entre la mayoría de embestidores de mucha testuz y poco seso, surge de cuando en cuando un deslumbrante heterodoxo, de los que hacen comprender que entornos hostiles propician especímenes sorprendentes. La ley universal de la compensación, será. Elola y su mente permeable al viento de la imaginación.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Déjà vu taurómaco, realmente


Cuando parecía que no deberíamos esperar sorpresas del tradicional discurso dirigido en éstas fechas por el Jefe del Estado a los españoles y que, una vez más, nos tocaría cabrearnos sordamente ante el habitual -e insustancial- buenismo (sobre todo al recordar aquél la justicia es igual para todos pronunciado por su padre y predecesor en el cargo en idénticas circunstancias), hete aquí que, efectivamente, era lo que parecía: con la que ha caído y está cayendo, por si no queríamos buenismo, más de lo mismo (y me ha quedado un pareado); todo se ha reducido, de nuevo a un hilvanado de inquietudes y reflexiones que quedan como mero ejercicio teórico sobre la realidad del país, y aún ésto, parcial y sesgado.
Tras un calentamiento ambiental previo a cargo de TVE, recordando lo buenísima que es la realeza para  los españoles y sus desvelos para con ellos, cual supernumerario toro para rejoneo, se produjo la faena real:

De nuevo -y previsible- una apelación a la democracia y a  la convivencia basada en el cumplimiento de la Constitución, cuando es patente  que hace tiempo que se produce una aplicación selectiva de la misma. Sin embargo, ninguna observación respecto a comentarios de militares -de los cuales es formalmente jefe-  respecto a fusilar a más de la mitad de la población: se referirá a convivencia sólo entre los que fusilan.  Una chicuelina.

De nuevo -y previsible- una apelación a la ética, la de una monarquía renovada, cuando todo lo que ha mencionado en relación con la conducta poco ética de su padre y predecesor en la Jefatura del Estado ha sido su propio compromiso personal en cuanto a una conducta integra, honesta y transparente, como garantía institucional:  parece que esos parámetros -y la consecuente justificación de responsabilidades- no son de aplicación a anteriores monarquías que no están sujetas a tales parámetros éticos, reconociendo, no obstante, que los principios éticos están por encima de consideraciones personales o familiares; otro capotazo, una vistosa larga cambiada casi lagartijera, en esta ocasión.

De nuevo -y previsible- un reconocimiento de la precariedad de nuestro futuro si por tal entendemos el de los jóvenes de este país, bien formados en un considerable porcentaje, pero instalados en trabajos precarios, o que se ven obligados -no por propia elección- a emigrar; los jóvenes son los más perjudicados. No nos podemos permitir una generación perdida; es evidente, ¿qué propone para evitarlo después de una década en esa situación? Un trincherazo, creo.

Y, finalmente, la novedad de este año, la pandemia de CoVid-19, frente a la que se requiere un gran esfuerzo colectivo, en el que cada uno siga dando lo mejor de sí mismo en función de sus responsabilidades y de sus capacidades; en dos palabras, como diría Jesulín de Ubrique: im-presionante; ¿no es aplicable ese esfuerzo colectivo a todos y cada uno de los aspectos de la vida social del país?; a eso se llama hablar para rellenar un discurso. Un pase de pecho rematado con un desplante.

A pesar de todo, y considerando la bondad fundamental de los españoles -no es extraño que coleccionemos tantos santos reconocidos por la Iglesia católica, pese a nuestro paganismo, paradójicamente- tenemos que afrontar el futuro con determinación y seguridad en nosotros mismos, en lo que somos capaces de hacer unidos, con confianza en nuestro país y en nuestro modelo de convivencia democrática; pues nada, un estatuario de adorno.

Dicen que no hay quinto malo; no sé, parece que éste quinto discurso de Felipe VI como Jefe del Estado español ha sido como los anteriores: perfectamente inocuo y prescindible; una faena de aliño. Mientras no le devuelvan el toro a los corrales todo bien, parece.

jueves, 10 de diciembre de 2020

Numerología china


Así como la astrología y la astronomía o la alquimia y la  química en sus incios estaban estrechamente ligadas, lo mismo ocurrió con la numerología y las matemáticas; hace tiempo que la ciencia separó a todas ellas, distinguiendo entre ciencia y superstición, entre las hijas legítimas y las bastardas. Ello no significa que no haya creyentes y seguidores de las primeras -de la primera, sobre todo- ya que el ser humano siempre ha querido saber y tener respuestas de los porqués universales por la vía rápida: los cabalistas judíos -y los ocultistas herméticos desde el Renacimiento- se plantearon una especie de manual para interpretar la realidad y sus misterios desde signos ocultos en textos sagrados mediante complejas metodologías al alcance sólo de estudiosos e iniciados.

La cultura china, llegó en ésto -como en casi todo- antes que la cultura occidental; los chinos de siempre han creído que hay unos números que traen buena suerte (números auspiciosos) y otros que traen mala suerte (números ominosos). En la China actual el número cuatro es un número claramente ominoso y es como para nosotros el 13 (que, por otra parte, suma cuatro), pero más serio: para empezar suena muy parecido a la palabra muerte (, en chino)  y procura evitarse nombrarlo con frecuencia ya que se supone que trae aparejadas desgracias; en la práctica el número cuatro se suele evitar en la numeración de edificios en las calles, teléfonos, logotipos o nombres de empresas; no es infrecuente sustituir un cuarto piso por el 3A (yo mismo acabo de evitar escribir la cifra, por si acaso). El siguiente número, el cinco, es para los chinos un número neutro ya que en su idioma suena como la palabra nada (), es decir, ni fú ni fá (ni wú ni wá, en chino macarrónico).

Teniendo en cuenta que las desgracias de éste 2020 no habrán sorprendido en absoluto a cualquier numerologista chino -teniendo en cuenta que, mediante la reducción mística, sus cifras suman cuatro- seguramente ese mismo numerologista tampoco nos augure muchas venturas para el próximo año 2021, cuyas cifras suman cinco. Por más que, en la cultura española, esa cifra tiene una rima inevitable.

Por contra, el nueve, la suma de ambos, es un número auspicioso porque se pronuncia exactamente como la palabra eterno (jiû); no sé si eso nos permitiría deducir que sumando ambos años tendríamos un año regular (que eterno tampoco creo que nos interesara).

Y a los chinos hay que tenerlos hoy muy presente. En todo. Que puede que atiendan a semejantes supersticiones, sí, pero han llegado a la Luna y van a heredar la Tierra (lo que reste).

lunes, 7 de diciembre de 2020

Esta Constitución


Ya alguna vez he sostenido que una nombre más apropiado y descriptivo para la Transición del 78 sería el de Transacción; transición supone de ir de un lugar o posición a otra y la Transición del 78 fué, más bien, un ejercicio gatopardiano de aggiornamento político: Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi (si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie) es decir, lo mismo que hizo la Iglesia católica (no por nada es la más longeva de las actuales instituciones humanas) mediante el Concilio Vaticano II, actualizar la liturgia pero manteniendo los dogmas de fe; más prosaico sería decir cambiando el collar a los perros, que continuaron siendo los mismos. A la actualidad me remito, más de cuarenta años después de aquella milagrosa transición.

Por todo ello, mantener que el documento que plasmó aquél ejercicio de revestimiento del santo -la Constitución del 78- que ayer se conmemoraba, celebrando su vigencia, es querer ignorar voluntariamente que muchos ya se han dado cuenta de la ineficacia -por no hablar de ineficiencia- de la tramoya del guiñol montada para mantener en la ignorancia a una mayoría suficiente para que la privilegiada minoría de siempre continuara con sus privilegiados negocios. La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, ha apelado a una lectura integradora ya que una Constitución inclusiva demanda una lectura honesta y abierta; una lectura también integradora, que no pretenda apropiarse del texto constitucional convirtiéndolo en bandera y patrimonio partidista. Nadie tampoco debe pretender ignorar los contenidos que le resulten molestos o incorporar al mismo nuevas exigencias excluyentes o reductoras. Tarde ya, creo, para que cuarenta años después la Constitución pase a ser de instrumento artificial de engaño a instrumento de defensa de la mayoría social de este país, cuando es continuo el ejercicio de malabarismo selectivo que permite defender con pasión artículos peligrosísimante ambiguos (por ejemplo, el 155) e ignorar simultáneamente los referidos a los derechos y libertades de los españoles

Tarde, ya digo, para pretender que una vez vista por muchos la trampa, todos deseemos continuar viviendo en ella únicamente por los teóricos beneficios derivados de la Carta Magna. Como si se tratara de un coñac que vemos de continuo beber a otros; a los de siempre.

martes, 1 de diciembre de 2020

Presupuestamente

Es sabido que los Presupuestos Generales del Estado vienen a constituir lo que podríamos denominar la realpolitik, en cuanto que -en los sistemas democráticos- concretan de manera directa las políticas defendidas por los distintos partidos en las distintas partidas (valga la redundancia) presupuestarias cuando acceden a la posibilidad de gobernar; la dotación y priorización de cada una de éstas indica, ni más ni menos, la importancia y apoyo que desde el gobierno se da a los distintos sectores sociales como destinatarios de los recursos públicos. Si alguien quiere comprobar la orientación política real -no teórica ni sedicente- de cualquier país, no tiene más que analizar sus presupuestos.

Resulta que en España, actualmente, seguimos aplicando los Presupuestos Generales que aprobó el gobierno del PP en 2018, presupuestos que lógicamente respondían a los criterios de aquél gobierno que cesó en su ejercicio hace dos años, pero que, en función de la situación política habida desde entonces, han continuado aplicándose y están vigentes a día de hoy,  por más que, incluso para quien fué responsable de su elaboración, no parecen ser los más adecuados a las actuales circunstancias socio-económicas del país.

Pues bien, a pesar de eso, los partidos de la derecha de éste país (PP, VOX y Ciudadanos) se han empeñado en que no haya nuevos Presupuestos Generales basándose, principalmente, en que el Proyecto de Presupuestos Generales del Estado 2021 va a salir adelante, previsiblemente, con el apoyo -entre otros grupos políticos además de los que conforman el gobierno- de EH Bildu; quiere esto decir que si a EH Bildu le pareciera bien que cayera maná -hipotético- sobre España, a los partidos de la derecha les parecería mal, con independencia de que los españoles pudieran estar muriéndose de hambre; de nuevo en aplicación la vieja consigna de la derecha de este país que ya aplicó, por ejemplo, Franco: salvar a España aún a costa de los españoles. 

No puedo más que estar de acuerdo con el presidente Rodríguez Zapatero -quizá el único ex-presidente que parece haber ganado en lucidez al alejarse del poder- cuando dice que le tranquiliza que la mayor crítica que se puede hacer al Proyecto es que lo vota EH Bildu, remachando cuando afirma que ese apoyo engrandece la democracia. Y al asegurar que el gobierno es quien debe y tiene la potestad de decidir porque el poder se ejerce generacionalmente, aconsejando desoir a antiguos floreros incontinentes que bastante deberían tener con ocuparse de lo suyo, no de lo de todos.

Es cierto que presupuesto es otra palabra polisémica; por ejemplo, cuando los partidos de la derecha presuponen que EH Bildu es lo mismo que ETA, están presuponiendo pero gratuitamente, es decir, sin fundamento objetivo; ya hay quien ha señalado, oportunamente, que el fin de ETA se debió, entre otros, a la propia izquierda abertzale. Es cierto que contra ETA el PP se encontraba agustísimo, pero donde hubo nidos antaño no hay pájaros hogaño, seguir presuponiendo al margen de la realidad es vivir -peligrosamente- en mundos paralelos. Yo también tenía mucho pelo en la cabeza y hoy prácticamente puedo prescindir del peine.

sábado, 14 de noviembre de 2020

De líderes y cambios

El cambio es el leit-motiv fundamental de la política y de los políticos: desde la izquierda se defiende el cambio para llevar a término -con distintos grados de urgencia-  la siempre pospuesta revolución social que acabe con los privilegios de una minoría a costa del sufrimiento de la mayoría pero, desde la derecha, se defiende igualmente el cambio, en éste caso para la reversión de los pocos avances sociales conseguidos históricamente y mediante los habituales subterfugios -patriotismo, nacionalismo, liberalismo, etc.- que lo justifiquen, subterfugios necesarios para borrar esa condición originalmente minoritaria de quienes quieren mantener esos privilegios (los privilegiados son siempre minoría, evidentemente); en esa dialéctica lleva instalada la humanidad prácticamente desde siempre. En resumen, cambiar y gestionar los cambios son la justificación última del político.

El liderazgo es otro concepto también muy importante para ejercer la labor política: decir -entre sugerir y ordenar- a los demás lo que ha de hacerse es tarea permanente del líder político; hace tiempo que pocos siguen los consejos de Lao Tse: para liderar a la gente, camina tras ellos, y más bien ejercen de líderes deficientes según ya advirtió Confucio: el buen líder sabe lo que es verdad; el mal líder sabe lo que se vende mejor, o de líderes mediocres: cualquiera puede sostener el timón cuando el mar está en calma, según el escritor latino Publilio Siro.

Recientemente, un líder -los líderes lo son para siempre,  como los presidentes, aunque no estén en activo- que, objetivamente, está entre  las dos últimas categorías mecionadas -o en ambas-, Albert Rivera, se ha propuesto impartir un seminario titulado Líderes en el cambio; para ello ha reunido a otros líderes de parecidas capacidades: Luis Figo, Dimas Gimeno, Alberto Ruiz-Gallardón y Leopoldo López lo que, inevitablemente, me ha hecho recordar al capitán del naufragado Costa Concordia, Francesco Schettino, impartiendo una clase magistral sobre la gestión del control del pánico. En fin, que Rivera, que siempre me ha parecido un mediocre vendepeines de El Rastro, dirija un seminario sobre liderazgo, es un índice del nivel político de la mayoría de nuestros líderes políticos (imposible no recordar, en este punto y como ejemplo paradigmático, a Mariano Rajoy). Y se le ha olvidado invitar a Pablo Casado.

El ejemplo no es lo principal para influenciar a otros, es lo único, parece ser que dijo Albert Schweitzer; se lo regalo a Albert Rivera como guión para una de las clases maestras de su seminario on-line. Que no le hará falta, no hay más que ver como vestía cuando comezó su aventura ciudadana (ver foto adjunta) y como viste ahora, enfundado en alguno de los trajes que utiliza como asesor legal de Pablo Casado. Eso sí son cambios.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Empatía y responsabilidad

Vivimos en un país en el que sus naturales mayoritariamente consideran que todo aquello que no está prohibido está permitido, y aún las prohibiciones suelen también ignorarse, sobre todo si no hay detrás una fuerza coercitiva que las imponga. Sirve generalmente de poco apelar a la responsabilidad individual que supone la autoregulación de la propia conducta en beneficio del bien común y basada en el respeto a los demás; la empatía es entre nosotros una palabra exótica que aún suele ser confundida con simpatía; la capacidad de identificación con las necesidades y sentimientos de los demás no es una de nuestras prioridades. Y no digo que ésto sea una característica propia de los españoles, la sociedad del primer mundo se basa generalmente en la búsqueda del placer (dopamina) antes que la de la felicidad (serotonina): antes la gratificación inmediata que la sustancial identificación del ser humano con el mundo que hace tiempo se propuso la filosofía como meta; antes la satisfacción material e individual que promueve la sociedad capitalista basada en la posesión de cosas que la moral o espiritual que supone procurar tanto la felicidad propia como la de los demás. Sin embargo, nuestros paisanos han adoptado generalmente una versión extrema de la priorización del placer sobre la felicidad debido a una idiosincrasia histórica tendente al individualismo antes que a una consideración personal como integrante social.

Viene todo este exordio a cuento de nuestro comportamiento individual en la actual crisis social debida a la pandemia CoVid19; apelar a la responsabilidad individual esperando de todos y cada uno de nosostros la máxima prudencia en nuestras actitudes y en el contacto físico con otras personas como medio de prevenir contagios depende en gran medida de esa autoconsideración como seres sociales que, a su vez, depende del grado de concienciación y educación previas en ese sentido: cuando ambas han sido largamente desatendidas tanto en la esfera pública como en la privada no deben sorprender las consecuencias observadas; no debería sorprendernos la  fragilidad de una sociedad debilitada por unas sangrantes desigualdades agravadas por un permanente deterioro de los servicios públicos en sanidad, educación y pensiones; aplaudir puntualmente desde ventanas y balcones para hacernos creer a nosotros mismos que con eso solventamos la papeleta de la solidaridad y la empatía con nuestros conciudadanos -profesionales sanitarios o no- es puramente anecdótico y de ahí no debería deducirse ninguna categoría; lo que realmente se necesita es más educación  y más recursos. Públicos, es decir, de todos.

miércoles, 28 de octubre de 2020

Desiguales

Si algo jode de la desigualdad más que la desigualdad misma, que se lo pregunten a los más desiguales -a los desiguales por abajo, diria yo- es que ni siquiera se disimule, escribe Gerado Tecé ó, dicho de otro modo: todos somos iguales, pero unos más iguales que otros, como también escribió George Orwell en su fábula Rebelión en la Granja, obra considerada una de los más agrios y clarividentes análisis de la transformación de las revoluciones en status ó nuevo orden político -renovación de la casta, dirían algunos- mediante la cual las revoluciones giran sobre sí mismas hasta acabar conformando una sociedad prácticamente igual -mediante el oportuno cambio de roles- a la que se pretendía destruir o transformar. En cuanto a la otra pretendida Igualdad entre todos los seres humanos -una de las integrantes de la tríada revolucionaria francesa de 1789- nunca ha llegado a adquirir realidad corpórea, como parece que inevitablemente corresponde a los ideales. En el mismo caso están la Fraternidad y la Libertad, cuyo conflictivo camino hacia la realidad, plagado de obstáculos y condicionantes, hacen que nunca hayan llegado a concretarse realmente; además de que, tan relacionadas están entre ellas que con sólo una de ellas que no se cumpla, las otras dos serían inviables.

Pero es cierto que, en relación con esta última Igualdad, cuando aquellos que legislan, dirigen y, en definitiva, organizan nuestra vida -en teoría en nuestro nombre- se sienten eximidos de cumplir las normas que -también en teoría- son de obligado cumplimiento para todos, están realizando un irresponsable y ostentoso ejercicio de desprecio incluso por las formas y el respeto debido a esa teórica Igualdad, desprecio que tiene por efecto inmediato incitar a los desiguales sociales a no admitir como legítimas normas y leyes, por más legales que sean; simplemente se adquiere la conciencia social de una real desigualdad efectiva -como cuando se asegura que la Justicia es igual para todos- desigualdad tanto más irritante cuanto que los que apelan a esa universal Igualdad son los primeros en incumplirla, al sentirse realmente más iguales que otros.

Seguramente sea esa real desigualdad efectiva -trasladada a otros niveles- la que ha propiciado que se dé tan poca relevancia al hecho de que sólo un partido político, Unidas Podemos, haya declinado su asistencia (VOX no fué invitado) -del conjunto de partidos políticos, empresarios, banqueros, medios de comunicación y otros poderes fácticos emanados del gran capital- a la gala de los Leones convocado por Pedro José Ramírez para la promoción de su medio y donde éste -del que aún hoy no puedo evitar que me sugiera un olor a orines meclado con el del carísimo perfume que seguramente usa- nos anunciaba que el consenso constitucional es una vacuna para todos los males de España, aunque en ningún momento mencionó los males que ahora aquejan a los españoles, mayoritariamente desiguales y, por tanto, más abajo en su escala de prioridades (últimamente utilizo como test rápido para ubicar ideológicamente a personas, personajes y personajillos su concepto de patriotismo y el orden utilizado referirse a España y/o a los españoles).

Tu culo está aburrío, dice un anuncio de Desigual, precisamente. Pues sí, aburrío de soportar las patadas de los más iguales y después, con suerte, asentarlo en lo duro.

martes, 27 de octubre de 2020

Cuestión de Estado

De donde no hay no se puede sacar, según el refrán; el presidente del Partido Popular, insiste en su mediocridad política y cortedad de miras al hacer de la necesaria causa común de la lucha contra el virus de la Covid19 una causa partidista. Un fracaso del Gobierno: así ha definido la aprobación del estado de alarma en el Consejo de Ministros del pasado domingo. Sin embargo, se ha mostrado dispuesto a apoyar el estado de alarma siempre que éste no supere los dos meses, con el objetivo declarado de salvar la campaña navideña.

Empezando a comentar por el final: es falso el dilema entre salud y economía, pero si hubiera que tomar decisiones basadas en una priorización entre ambas creo que la vida de todos es el valor esencial a preservar. Lo que me lleva al punto anterior ¿cuales son los motivos por los que seis meses le parece un tiempo excesivo y dos meses le parecería mejor (aparte de salvar la campaña navideña)? ¿no supone eso un riesgo general para toda la población, como ya se demostró que fué salvar la campaña turística en verano con el resultado de anticipar para España la segunda ola de la pandemia?; habría que recordar que la pandemia se recrudeció justamente a fines del verano y, por supuesto, los turistas se fueron para no volver (doble premio).

Finalizaba Pablo Casado referiéndose a su oferta de aceptar dos meses como tiempo para el estado de alarma, diciendo que era una oferta generosa. No tan generosa puesto que parece que él la vida de los españoles le sale gratis total; en cualquier caso no es admisible que esas vidas sean objeto de ofertas políticas ni de cambalaches partidistas. 

Dificilísimo hacer entender a tal personaje lo que es una cuestión de Estado, lo que supone salvaguardar el interés general de los españoles. Hasta en Ciudadanos lo han entendido. ¿Un fracaso del Gobierno? ¿cuales son los éxitos o los datos científicos que avalan las opiniones de Pablo Casado?

lunes, 26 de octubre de 2020

Cutrefacto

Efectivamente, cutrefacto es una palabra que no figura en el diccionario, pero me parece que es la que mejor podría cuadrar a esa putrefacción de lo cutre que, conforme al retroceso cultural y social de éstos tiempos, tan habitual se nos está haciendo. Si atendemos a la RAE, la putrefacción se refiere a la materia orgánica en descomposición y cutre es la cualidad de tacaño, pobre, miserable, descuidado, sucio o de mala calidad, cutrefacto vendría a ser, pues, algo que en su proceso de descomposición -o en su falta de composición- se convierte simultáneamente en pobre y miserable; una insoportable mezcla de corrupción -sinónimo de descomposición- y cutrez.

Seguro que muchos tenemos extensos archivos de cutrefactos en mente, pero como ejemplo concreto (echando un poco la mirada hacia atrás), podemos recordar cómo Mariano Rajoy, con sus sentenciosas e hipnóticas reflexiones del tipo un vaso es un vaso y un plato es un plato -por ejemplo- podía alcanzar, en esos momentos  luminosos y seguramente inspirados directamente por la diosa de la cutrez, algo muy cercano a la perfección cutrefacta y ser considerado un paradigma del político cutrefacto. Aquél que según algún medio palmero -y con medio no me refiero a la altura, aunque también podría- fué calificado de parlamentario brillante (!!) nunca pasó de hilar -más o menos- lugares comunes y tópicos que habitualmente él confundía con el sentido común (del que, por cierto, tampoco andaba muy sobrado) y que, en  sus discursos parlamentarios, a menudo se liaba con memorables galimatías del tipo cuanto mejor peor para todos, y cuanto peor para todos, mejor, mejor para mi el suyo, beneficio político -puede que alguien esté aún intentando descifrarlo- o a leer también las acotaciones de las citas: Fin de la cita.

Ese mismo Rajoy que, al ser interpelado el pasado mes de Septiembre por los medios respecto a su papel en el denominado caso Kitchen -espionaje y asalto a la vivienda del que fué tesorero del PP, Luis Bárcenas- se excusaba diciendo Yo no soy un personaje público, ya no, añadiendo una gracia típica de la cutrefacción rajoyana: No me haga preguntas porque no las voy a oír. Así no podrá usted decir que no le he respondido. Pero que, pocos días después -parece que decidió volver a ser temporalmente personaje público- nos traducía la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Gürtel asegurando que la sentencia suponía una reparación moral para el PP y para él mismo, pese a que se mantuvieron la mayoría de las conclusiones y penas de la anterior sentencia de la Audiencia Nacional respecto a los numerosos casos de corrupción del PP correspondientes sólo a la primera época del caso Gürtel (1999-2005).

Cutrefacto máximo. Cum laude.

domingo, 4 de octubre de 2020

Chomsky y la verdad

No hagas preguntas y no te mentirán; claro, no tengas hambre y no necesitarás comer, pero como lo dijo Dickens podemos citarlo; aunque yo creo que la verdad nunca ha pasado de la fase de concepto ideal a realidad. Lo cierto también es que Charles Dickens -al igual que Oscar Wilde- tenía a menudo  esa virtud de resumir su visión de la realidad -tal y como ellos la veían- en reflexiones citables.

Refiriéndonos a la frase incial, cabría precisar, sin embargo, que históricamente  siempre emosidoengañado -preguntáramos o no- pero especialmente, en situaciones sociales conflictivas o traumáticas -guerras, pandemias, crisis- es decir, en todas aquellas situaciones en las cuales cada uno de nosostros necesita que se nos explique el desastre, esa catástrofe sobrevenida cuando habitualmente librábamos a diario combates contra los enemigos conocidos, los de siempre; en épocas convulsas, el poder siempre usa la incertidumbre de la mayoría para doblegarla aún más a los dictados de su voluntad. De hecho varias de las estrategias de las enumeradas por Chomsky (ó Sylvain Timsit) en sus 10 Estrategias de la Manipulación están basadas en gran parte en esa incertidumbre y desinformación de la mayoría de la población, especialmente la segunda de las estrategias enumeradas, basada en crear problemas para después ofrecer soluciones que conllevan -a veces sin necesidad de ocultarlas- restricciones en los derechos sociales o en los servicios públicos que tanto costaron obtener. Pero el resto de las estrategias -apelando a los sentimientos antes que a la racionalidad, procurando un sustrato de mediocridad generalizado, fomentando la ignorancia y reforzando la iautoculpabilidad en todos nosotros- persiguen idéntico fin; con la constante y  habitual aplicación de la primera de las estrategias, la distracción -en aplicación de la denominada Agenda Setting- que hace que sea difícil incluso establecer qué es lo importante si hacemos caso a los medios; la verdad no siempre acaba haciéndose evidente, como algunos pretenden, es difícil de localizar  y poder así acercarnos a verla de cerca, pero es útil saber donde no buscar y conocer previamente todos los recursos empleados en obstaculizar que podamos llegar a ella, con el fin evitarlos y pensar por cuenta propia, si eso fuera posible. Que fácil no es.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Los números

Los números son mucho mejores que el algodón del anuncio: nunca engañan (salvo burdas manipulaciones que acaban generalmente descubiertas). Y, además, tienen bastante importancia a nivel histórico; eso aseguraba Rémy -profesor de Historia- en Las invasiones bárbaras; la tesis es que el número -la cantidad- es determinante para explicar la Historia. Y es fácil comprobar que los números nos acercan a la verdad -y a relativizar lo justo- si los contrastamos con el tratamiento cualitativo de la realidad o con la atención dedicada a ellos en los medios de comunicación. Vamos a repasar brevemente unas cuantas cifras de desastres históricos ocurridos en este país, concretamente vamos a repasar el número de fallecimientos por causa de guerras, terrorismo, epidemias, etc. es decir, por causas no habituales (que etiquetarlo como no naturales sería discutible), la contabilización adjudicable a los cuatro jinetes del Apocalipsis (en España):

CoVid19 (2020, hasta la fecha): 31.000

Gripe española (1918): 147.000, (1919) 21.000, (1920) 18.000

Guerra civil española (1936-1939): entre 651.000 y 735.000 (entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones directas de guerra (batallas, bombardeos), 155.000 por la represión en la retaguardia y entre 346.000 y 380.000 por enfermedades, hambrunas o privaciones derivadas de la contienda). Es decir, entre el 2,63% y el 2,97% de los casi 25 millones de la población de España de esa época.

Represión franquista (1939-1943): 150.000 (número similar a la represión en retaguardia durante la guerra civil o a los muertos en combate durante la misma; naturalmente en este caso todos represaliados).

Terrorismo de ETA (1975-2011): 829

Atentado terrorista del 11 Marzo 2004: 192

Y, para comparación, algún dato de los mismos o similares desastres a nivel mundial (algunos responden a una estimación media):

CoVid19 (2020, hasta la fecha): 967.000

Primera guerra mundial (1914-188 ): 10 millones (sólo combatientes) 

Gripe española (1918): entre 20 y 50 millones

Genocidio armenio (1915-1923) entre 1,5 y 2 millones

Holomodor (Ucrania, 1932-1933): 1,5 millones

Segunda guerra mundial (1939-1945): entre 55 y 60 millones (incluída la población civil).

Holocausto (1939-1945):  18 millones (6 millones de judíos, 9 millones de ciudadadanos soviéticos, 2,5 millones de polacos...7.000 republicanos españoles)

Gran Salto Adelante (China, 1958-1962): entre 20 y 45 millones

Atentado del 11 de Septiembre de 2001: 2.996 (incluyendo a los 19 terroristas y a los 24 desaparecidos)


domingo, 20 de septiembre de 2020

IDA (III)

Un tonto encumbrado -por los motivos que sean, entre ellos el interés de otros o, simplemente, el azar- a pocas luces que tenga, suele elegir -de ser posible- como colaboradores o subordinados a otros tontos de tontuna más profunda que la suya propia, de forma que ésta quede camuflada y menos ostentosa: supongo que sea una de las primeras normas a cumplir por el tonto encumbrado. La actual presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (IDA), fue una apuesta personal del presidente del PP, Pablo Casado, al que le pareció suficiente garantía de competencia para ostentar cargos políticos de responsabilidad el hecho de que Díaz Ayuso ejerciera de community manager para la cuenta de Pecas -el perro de Esperanza Aguirre- en Twitter (es lo que tienen las cosas locas -en sustitución de los méritos- que hiciste para escalar, que luego siempre hay quien te lo recuerda). En éste caso concreto está claro que méritos como tal no había, pero Casado debió convencerse de que si Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes o Ignacio González habían fungido como presidentes de la CAM (sin reparar mucho en sus respectivos finales de carrera política), Díaz Ayuso, debidamente asesorada (MAR de guionista) y atendiendo a sus directrices, podría igualmente cumplir con ese rol. Siendo pues un tonto eligiendo y dirigiendo a otro tonto(a) ¿que podría haber salido mal?...pues sí, casi todo. En primer lugar, Díaz Ayuso, es una radical incompetente -no me refiero a extrema o tajante, si no a su incompetencia genuina, de manual-  incompetencia a secas, como ya hay quien lo ha descrito con precisión, pero agravada en éste caso por una -también radical- inconsciencia de las propias limitaciones: no se puede explicar de otra forma esa esperpéntica figura comunicativa inaugurada por Díaz Ayuso y denominada en su honor, precisamente, ayusada; algunas de ellas -que no reitero por no aburrir, basta utilizar ese palabra en en buscador para entretenerse un buen rato- se han hecho aún más famosas que los inconmensurablemente largos vericuetos linguísticos inconclusos de Rajoy y denotan, ya digo, una inmotivada  pero aplastante seguridad en que cualquiera de sus emanaciones mentales, por descabellada que sea, es digna de ser escuchada y tenida en cuenta; en resumen, IDA padece una falta total de autocrítica y aún del sentido del ridículo: un personaje ideal para cumplir los designios de quien la colocó en su puesto y soltar el disparate(s) diario sin perder esa sonrisa forzada y esa expresión ausente y un punto intranquilizadora.

Sé que soy reiterativo -seguramente en exceso- pero últimamente encuentro que los tontos representan -mucho antes que los malos- el auténtico peligro: primero los electores, y luego los elegidos (o al revés, una vez que los útimos ejercen). Creo que Isabel Díaz Ayuso es una gran presidenta. Para mí es la alternativa, el ejemplo de lo que nosotros querríamos hacer a nivel nacional. En cuanto los españoles nos den su confianza, lo haremos, decía Pablo Casado en Mayo. No será que no avisan: ya saben los que confíen en el PP lo que nos espera a los españoles si éste partido estuviera a los mandos (delegando en el Homer Simpson ó IDA de turno la dirección de la central nuclear de Springfield, mientras el PP continuaría con su labor fundamental: reconvertir lo público en privado, redirigir lo de todos a los bolsillos de algunos, los suyos, en primer lugar).

viernes, 18 de septiembre de 2020

El 155 (ahora para Madrid)

Hay quien cree oportuno, a la vista de la desastrosa gestión de la pandemia de CoVid19 en la Comunidad de Madrid, proceder a la intervención del gobierno autonómico de ésta mediante el Artículo 155 de la Constitución, tal y como se hizo -por primera vez- en Cataluña en Octubre de 2017.

No estará de más -es breve- recordar el texto del Artículo 155 de la Constitución (ese del que dicen que es como El Quijote, que muchos dicen haberlo leído, sin ser cierto):

1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.
2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas. 

Tampoco creo que esté de más recordar que dicho artículo es una trasposición aproximada de un artículo -el 36, exactamente- de la vigente Constitución de la República Federal Alemana; nuestros padres de la Patria se esforzaron lo justo y tuvieron en la alemana una fuente amplia de inspiración (no por casualidad) para nuestra Constitución del 78; dicho artículo dice:
 
1. Si un Estado no cumpliere las obligaciones federales que le incumben con arreglo a la Ley Fundamental o a otra Ley Federal, podrá el Gobierno Federal, con el asentimiento del Consejo Federal, adoptar las medidas necesarias para imponer a dicho Estado el cumplimiento de sus deberes mediante la coerción federal.
2. Para el ejercicio de la coerción federal, tendrá el gobierno Federal o, eventualmente, su comisionado el derecho de impartir directrices frente a todos los Estados regionales y sus órganos.
 
Aún con el modelo adoptado, la discusión  parlamentaria sobre el artículo 155 fué en su día sujeto de tantas tensiones partidarias que su redacción quedó como se ha citado: radical y ambigua a la vez y desde luego, sin mejorar el original, introduciendo conceptos de tal amplitud que permiten que sea utilizado de forma arbitraria: ¿cuando se está atentando gravemente contra el interés general de España?, por ejemplo,  encomendando  al Senado encontrar la respuesta a esa y otras preguntas y decidir en consecuencia. 
 
El artículo 155, pues, pretende cumplir la función de un último recurso destinado a salvaguardar la soberanía nacional frente a  la posible insumisión de los poderes territoriales o autonómicos, convirtiendo  así al Estado español no en un ente de soberanía integrada sino basado en una soberanía central superior de la que dependen en forma delegada o tutelada (dependiendo del grado de insumisión al gobierno central) las distintas soberanías territoriales; no en vano nuestro Estado de las Autonomías se ha considerado un caso de estudio en derecho administrativo comparado en cuanto a intentar una fusión de los conceptos de Estado centralista y federalista: un intento de conjugar y hacer posible una forma de reunir las Españas históricas en una sola España; quizá el experimento no haya sido tan exitoso como los gurús de la Transición han asegurado.
En todo caso, el artículo 155 responde a un supuesto de excepcionalidad; si cada vez que una Comunidad Autónoma se desviara del interés general de España -a criterio del gobierno central- se recurriera a su aplicación, correríamos el riesgo de desequilibrar de forma  sustancial el delicado sistema de nuestro Estado de las Autonomías; aunque quizá ese fuera un buen punto de partida para que los españoles se plantearan (recuperando lo aprovechable de nuestra historia) definitivamente la necesidad de abordar una reforma fundamental de la Constitución -o unas elecciones constituyentes- que abordaran la posibilidad de la formación real de un Estado federal, así como su forma y jefatura (monarquía o república).

Finalmente, la aplicación -a mi modo de ver, injustificada y también mal ejecutada- del artículo 155 en Cataluña, no debería servir de pretexto para su aplicación ahora en Madrid, que deberá resolver su evidente desgobierno actual por los medios políticos legalmente previstos para ello.

martes, 15 de septiembre de 2020

El cono del silencio.

Los dirigentes de los partidos -los que tienen una cierta historia, al menos desde la Transacción del 78- tienen la costumbre de negar a sus antecesores, generalmente superando las tres veces que San Pedro negó a Cristo; negación que suele incluír expresamente  varios yo no estaba, yo no era, yo no sabía para rematar con un me sorprende y me disgusta eso que usted afirma sobre la corrupción en mi partido; M. Rajoy llegó incluso a rizar el rizo afirmando que la trama Gürtel era una conspiración contra el PP, al igual que Esperanza Aguirre afirmaba -sin ruborizarse- que ella había sido  quien había destapado, sin ser consciente -desconocimiento casi virginal- esa misma trama. Como antecedentes cercanos de ese proceso de negación tenemos a Isabel Díaz Ayuso, que aseguraba ser la otra -nada que ver con Esperanza Aguirre o Cristina Cifuentes- y ahora es Pablo Casado quien afirma que él, en la época de los casos de corrupción del PP -y el posterior intento de volver a poner la tapa a la Gürtel creando y utilizando  la denominada policía patriótica, utilizando para ello recursos públicos- era un simple diputado por Ávila, provincia que, como todo el mundo sabe, está bajo un gigantesco cono del silencio como aquél -que ni era un cono ni resultaba ser muy silencioso- a que tan adicto era Maxwell Smart (Superagente 86); cono que en éste caso, además, dispone de un filtro especial para todo lo que suene a corrupción en el PP, y así es difícil que él pudiera enterarse de nada: ni la una ni el otro se consideran responsables de lo que ocurría en el PP en la época en que se estaban produciendo los casos de corrupción en su partido.

Pero no es sólo que cuando se acepta la responsabilidad de dirigir un partido político y se recibe la herencia del anterior equipo directivo se entiende que dicha herencia se recibe íntegramente -es decir, deudas incluídas- es que, además, -y sobre todo- tanto Isabel Díaz Ayuso como Pablo Casado ocupaban ya entonces puestos relevantes en la organización del PP y aún más, ambos estaban muy cerca de la información que se manejaba en el PP a todos los niveles (no olvidemos que ya entonces Pablo Casado gozaba de la confianza de políticos del PP como Alfredo Prada, Esperanza Aguirre y José María Aznar e Isabel Díaz Ayuso estaba igualmente a las órdenes de Alfredo Prada, consejero de Justicia e Interior del Gobierno la Comunidad de Madrid, dirigiendo su departamento de prensa, ganándose la confianza de Esperanza Aguirre mientras tuiteaba los pensamientos políticos de Pecas, el perro de ésta; Prada fué en 2008 objeto de contravigilancia -la famosa gestapillo de Madrid- posiblemente como producto de la competencia entre las tramas Gürtel y Púnica): y que fué justamente la información que ambos poseían debido a sus respectivos cargos la que seguramente hicieron valer para escalar a sus actuales puestos directivos (no olvidemos tampoco que tanto Esperanza Aguirre como Cristina Cifuentes fueron valedoras cercanas de Isabel Díaz Ayuso en su acceso a la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PP y que Dolores de Cospedal -actualmente investigada en el caso Kitchen- la valedora decisiva de Pablo Casado -contra Soraya Saénz de Santamaría- en su proceso de elección como presidente del PP; todo hace sospechar, pues, que sea fundamentalmente falso que ambos políticos ignoraran -ya entonces- las profundas implicaciones estructurales dentro del PP de lo que suponían los casos de corrupción que se han ido conociendo públicamente con posterioridad y en incesante cadencia; por resumirlo gráficamente, ambos llevan tan adherida la mierda a las suelas que ni cambiándose de zapatos harían que el olor desapareciera (que parece ser que es lo que Pablo Casado se está planteando con el abandono de la sede del PP de Génova 13: un desesperado alejamiento de tan enmierdado edificio; todo un símbolo irradiando pútridos efluvios).

lunes, 7 de septiembre de 2020

-cracia

 

...el sufijo -cracia, procedente del griego, significa gobierno, dominio o poder; es decir -resumiendo- la sumisión de unos humanos a otros -generalmente una minoría privilegiada- que marcan unas reglas de coexistencia y, en general, marcan sus condiciones de  vida; desde ese conocimiento es fácil creer que una solución sería suprimir radicalmente esa sumisión: la acracia (doctrina que propugna la supresión de toda autoridad heredada o autoconferida); lamementablemente, para llegar a esa utópica Arcadia, cada ser humano debería ser alguien profundamente educado, empático con sus semejantes y con la conciencia plena de ser parte de una sociedad a la que debería dedicar su vida y esfuerzos con el objetivo último de lograr el bien común: sabemos por experiencia histórica que ese mito nunca se ha hecho realidad (aunque ha habido meritorios intentos, incluso en España, y en las difíciles circunstancias de una guerra civil); vivimos de mitos que hay quien pretende hacernos creer que son reales, la democracia no deja de ser otro mito.

Por ello -siendo realistas- lo más parecido a esos mitos y a lo que podría aspirar hoy día sería vivir en una ginecocracia (gobierno de las mujeres). Es un hecho conocido que de los 10 países que mejor han gestionado la crisis de la Covid19, 8 están dirigidas por mujeres, siendo así que sólo el 7% del total está bajo su responsabilidad de gobierno. El ejemplo prototípico es Angela Merkel, canciller de Alemania que, como es sabido, lidera un partido conservador; sin embargo, ello no ha sido obstáculo para que impulse decididamente políticas inteligentes, positivas y sociales ante la pandemia.

Espero poder ver el día en que este país sea dirigido por una mujer -que no haya adoptado los roles machistas, evidentemente, la testosterona sintética es mucho más peligrosa para el cerebro que la masculina natural- así como espero ver el día en el que un país de ciudadanos responsables y con criterio político -es sólo una hipótesis que pudiera ser éste, pero que por imaginar no quede-  decida constituirse en República (otra forma de -cracia, otro mito) como mal menor. Ambas visiones me corren cierta prisa, pero vamos, que me conformaría con que otros lo pudieran ver.

martes, 1 de septiembre de 2020

Se puede (si se quiere)

Nadie no puede arrimar el hombro, ha manifestado Sánchez durante su conferencia ante banqueros, empresarios y agentes sociales. Es conocida la dificultad del empleo de la doble negación en español (que se lo digan a James Rhodes); creo que hubiera sido  más correcto decir Nadie puede no arrimar el hombro; tal y como se ha expresado el presidente del gobierno me recuerda ligeramente a Polifemo después de perder su ojo por la perfidia de Ulises. Y aún así, el lema genérico de la conferencia, España puede (tan peligrosamente cerca del lema de Unidas Podemos, Sí se puede) mantiene la tradicional confusión entre los verbos poder y deber; habitualmente decimos que no se puede hacer tal cosa cuando queremos decir que no se debe, justamente después de constatar que se ha hecho (indebidamente).

Como ejemplos de esta matización -no puramente lingüística- podríamos citar algunos: se puede (pero no se debe) consentir por parte de la ciudadanía que sus represetantes políticos utilicen el sufrimiento de amplios sectores de la población debido a la pandemia de forma puramente partidaria, utilizándolo como combustible para sus fuegos particulares; se puede (pero no se debe) contemplar antes los intereses de las empresas y del gran capital que los de la mayoría de los españoles; se puede (pero no se debe) continuar ignorando las promesas por parte del partido mayoritario en el gobierno actual en cuanto a la derogación efectiva de las leyes retrógradas y lesivas para la mayoría de la población y promulgadas por el PP a partir de 2010, tales como la Reforma Laboral o la Ley Mordaza; se puede, (pero no se debe) ignorar los derechos y la dignidad de nuestros mayores...todo ello se ha podido y se está pudiendo hacer, indebidamente.

Resumiendo, si le hubiera querido Sánchez dar más fuerza al lema, hubiera debido emplear España debe; sin ser devoto del autoritarismo, creo que actualmente los españoles necesitamos que nos digan -con argumentos y razonadamente- lo que debemos hacer, no lo que podemos hacer (uno de los puntos débiles de la denominada desescalada ha sido confiar en la madurez, responsabilidad y autodisciplina  colectiva de los españoles: la inmadurez, irresponsabilidad e indisciplina no son sólo anecdóticas, a diario tenemos ejemplos de ello; puede que sea un minoría de españoles, pero me temo que no, habida cuenta la cantidad de tontos existentes). Sí, en las circunstancias actuales hay que emplear más el tono de lo que debemos que de lo que podemos: lo primero es lo concreto y efectivo, lo segundo es etéreo voluntarismo buenista. Una vez decidido que es lo que debemos hacer, que sería -en su consideración como Razón de Estado-  lo primero a concretar, claro. A este respecto, un buen escenario concreto -o diagnóstico de prioridades- son las propuestas de Sánchez: transición digital, transición ecológica, cohesión social y territorial y un cambio feminista; sólo falta que esta vez se pase del se puede al se debe y, finalmente, se lleve a la práctica (cosa que no suele ocurrir).

sábado, 29 de agosto de 2020

Los Borbones (resumen de antecedentes)

Al finalizar la guerra de sucesión y poco después de ser confirmado en el trono de España en 1713, Felipe V promulgó el Reglamento de sucesión al trono (Nuevo reglamento sobre la sucesión en estos Reinos), más conocido posteriormente como Ley de Sucesión Fundamental; según la nueva norma, las mujeres podrían heredar el trono, pero sólo en el caso no haber herederos varones en la línea principal (hijos) o lateral (hermanos y sobrinos). Esta Ley de Sucesión fundamental no debe ser confundida con la Ley sálica, como sucede con frecuencia; la Ley sálica (procedente de las leyes seculares de los francos salios del siglo V) excluye absolutamente del acceso al trono a las mujeres, en cualquier caso.

En 1724, Felipe V abdicó la corona de España en su hijo primogénito que reinó en España como Luis I; el reinado de éste fue breve, como su vida, a los ocho meses de su reinado y 18 años de vida murió de viruela. Las causas de abdicación de Felipe V no están claras; pudo deberse a cálculo político -esperaba heredar la corona de Francia, lo cual no era compatible con ser rey de España- o bien, más probablemente, a sus condiciones anímicas (era ciclotímico y maníaco-depresivo) y a una progresiva inestabilidad mental (se negaba a cortarse las uñas de los pies hasta que apenas podía caminar, dormía de día y reunía a la corte de madrugada. Tampoco quería cambiarse de ropa porque tenía miedo a ser envenenado a través de ella, no se dejaba asear y sufría delirios; en otras ocasiones, creía ser ser una rana y como tal se comportaba en palacio: croaba y brincaba por las estancias de La Granja negando su condición humana, pues estaba seguro de que carecía de brazos y piernas). Naturalmente, una abdicación no puede ser retroactiva, y, en consecuencia, debería haber sido nombrado rey -de acuerdo a la Ley de Sucesión Fundamental, promulgada por él mismo, su hijo Fernando (de su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya), hermano menor de Luis I -muerto sin descendencia-  y primero en la línea sucesoria; sin embargo, la segunda esposa de Felipe V, la reina Isabel de Farnesio -de la que se asegura que era realmente la que gobernaba, incluso durante el breve reinado de Luis I- consiguió que el Consejo de Castilla pidiera a Felipe V que volviera al trono; una semana después de la muerte de Luis, Felipe V recuperaba la corona de España y su hijo Fernando era proclamado nuevo Príncipe de Asturias.

Fernando finalmente fué proclamado rey a la muerte de su padre en 1746 como Fernando VI. Doce años después, en 1758, la muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, le sumió en la locura; también padecía crisis epilépticas y probablemente era bipolar, lo que le llevó a intentar suicidarse varias veces. Complicaciones infecciosas y la desnutrición derivada de su estado anímico -delgado y pálido, fingía estar ya muerto- hiceron que realmente muriera sólo un año después, en 1759. Al no haber tenido descendencia propia, fue sucedido por su medio hermano, Carlos III, también hijo de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio. 

Carlos III (que hasta 1759 había sido Carlos VII como rey de Nápoles y Carlos V como rey de Sicilia) acabó, pues, siendo rey de España por la muerte sin descendencia de sus medio hermanos Luis I y Fernando VI, ambos hijos de la primera esposa de Felipe V. Carlos III, a su vez,  tuvo trece hijos con su esposa María Amalia de Sajonia, el sexto fué el primer hijo varón (tras cinco hijas); pasada la alegría inicial pronto se hizo evidente su anormalidad: padecía ataques epilépticos y retraso mental -una gran pesadez de cabeza, en palabras de un prudente observador cercano- Por ese motivo fué excluído de la linea sucesoria que recayó en el siguiente hijo de Carlos III, Carlos Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno José Januario Serafín Diego, (futuro Carlos IV), jurado como Príncipe de Asturias en 1760; al parecer, Carlos III tampoco estaba entusiasmado con sus capacidades.

Seis meses después de haber accedido al trono por la muerte de su padre, Carlos IV convocó en 1789 las Cortes para que éstas juraran como heredero al trono y príncipe de Asturias a su hijo Fernando que entonces contaba con cinco años de edad; era el noveno de los 14 hijos que tuvo Carlos IV con su esposa -y prima- María Luisa de Borbón-Parma (aunque antes de morir en 1819, Fray Juan de Almaraz, el confesor de la reina, recogió de ella por escrito la confesión de que ninguno, ninguno de sus hijos e hijas, ninguno era del legitimo matrimonio, lo declaraba para descanso de su alma y que el Señor le perdonase; la conducta posterior de Isabel II cuenta con notorios precedentes). También, en las Cortes de 1789, Carlos IV hizo aprobar una disposición para derogar la Ley de Sucesión Fundamental establecida por Felipe V y volver a las normas de sucesión establecidas tradicionalmente para la Corona de Castilla por el código de las Partidas (Partida Segunda) de Alfonso X; sin embargo, por motivos de política internacional, esa Pragmática Sanción no llegó a ser publicada ni, por tanto, tuvo vigencia en aquellas fechas.

Fernando (Fernando, María, Francisco de Paula, Domingo, Vicente Ferrer, Antonio, Joseph, Joachîn, Pascual, Diego, Juan Nepomuceno, Genaro, Francisco, Francisco Xavier, Rafael, Miguel, Gabriel, Calixto, Cayetano, Fausto, Luis, Ramón, Gregorio, Lorenzo y Gerónimo), príncipe de Asturias, con prisas por ser rey ya de joven, urdió en 1807 -cuando contaba 22 años- una conspiración para derrocar a su padre que fué descubierta y dió lugar al denominado proceso de El Escorial; con la experiencia adquirida lo intentó de nuevo el año siguiente mediante el motín de Aranjuez, que fué más efectivo, ya que simultáneamente eliminó políticamente tanto a Godoy (el primer Generalísimo de España), valido de Carlos IV, como al propio Carlos IV, obligado a abdicar. Este primer reinado de Fernando VII le duró apenas tres meses (Marzo-Mayo de 1808); Napoleón tenía otros planes respecto a los Borbones, tanto los de la rama napolitana como los de la española; en Mayo de 1808 y mediante una mezcla de presión y engaños, Napoleón consiguió que Fernando VII devolviera la corona a su padre y que éste renunciara a ella en favor del propio Napoleón (abdicaciones de Bayona), que ya tenía su propia opción para ocupar el trono de España: su hermano José. Al finalizar la guerra de la Independencia, Fernando VII (al que la propaganda fernandina había convertido en El Deseado, aunque ya había acumulado los suficientes méritos para ganarse su otro apodo: rey Felón), volvió de la dorada semiprisión francesa -donde había pasado los seis años de la salvaje guerra de la Independencia cazando, organizando fiestas y paseando a caballo por los alrededores de Valençay- a España en 1814 para ser rey, de nuevo. De inmediato suprimió la Constitución de Cádiz de 1812 y reinstauró el absolutismo hasta 1820, en el que un golpe militar de inspiración liberal le obligó a aceptarla. Poco duró; en 1823, la familia Borbón (rama francesa; Luis XVIII) envió a España a los Cien mil hijos de San Luis, que permitió a la facción realista y a Fernando VII reimplantar el absolutismo hasta su muerte, en 1833. Esta última fase de su reinado, la denominada Década Ominosa, se caracterizó por una feroz represión política, aunque acompañada de una política económica de inspiración liberal, que impulsó la formación de un partido más realmente absolutista alrededor del hemano de Fernando, el infante Carlos María Isidro. A ello se unió el problema sucesorio, basado en la promulgación por Fernando VII en 1830 de la Pragmática Sanción (aquella que Carlos IV no publicó en 1789), que establece que las mujeres pueden reinar si no existen hermanos varones, motivo de la Primera Guerra Carlista (finalmente fueron tres), que estallaría a la muerte de Fernando con el ascenso al trono de su hija Isabel II, no reconocida como heredera por el infante Carlos (Carlos V, para la facción carlista).

Isabel II fué el fruto del matrimonio (el cuarto; no tuvo descendencia en los tres anteriores) de Fernando VII con su sobrina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias y nació en 1830, tenía por tanto menos de tres años cuando falleció su padre; su madre ejerció de regente hasta 1840. María Cristina mostró ser una viuda consolable, ya que inció una discreta relación  con Agustín Fernando Muñoz Sánchez, sargento de la Guardia de Corps, con el que se casó en secreto en 1833 y con el que tuvo cinco hijos durante la Regencia (posteriormente tuvieron tres más; admirable y duradera fogosidad); como oficialmente no podía estar embarazada al ser viuda y regente, se retiraba largas temporadas en el palacio de Vista Alegre; los hijos eran trasladados recién nacidos a París, donde eran atendidos por personal de confianza que guardaba lógicamente el secreto de sus orígenes: en  éste caso los niños no venían sino que iban a París. En 1840, el general Espartero se sublevó e hizo que expulsaran (por primera vez) de España a María Cristina; simultáneamente se hizo público su matrimonio con Fernando Muñoz, aunque ya entonces era un secreto a voces. En 1842, y producto de otra sublevación militar (O'Donell, Narváez y Prim) se declara mayor de edad a Isabel II pese a contar con tan sólo 13 años, y presta juramento como reina ese mismo año; como consecuencia, la primera guerra carlista declarada durante la Regencia de Isabel II  se recrudece. Y también se permite el regreso a España de su madre (y, de paso, que su esposo, Fernando Muñoz, sea nombrado duque de Riánsares y Grande de España). María Cristina aprovechó tan favorable coyuntura para proseguir -con el auxilio de su marido-  dedicada a los negocios -se decía que no había proyecto industrial en el que la Reina madre no tuviera intereses- que incluían, entre otros, la minería, los ferrocarriles, la sal (en monopolio) y el comercio de esclavos; negocios en los que prosperaban gracias al uso de recursos públicos y al manejo de información privilegiada sin mucho disimulo y como comisionistas en intercambos comerciales (nada nuevo bajo el sol). En 1854, tras el golpe liberal de O’Donnell es nuevamente expulsada, saliendo hacia Portugal, posteriormente se trasladaría a Francia. En esta segunda expulsión perdió también la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes; nada que le preocupara excesivamente, dado el caudal acumulado derivado de sus negocios y que, por supuesto, no radicaba en España. Volvió puntual y esporádicamente a España, la última vez para asistir a la boda de su nieto, Alfonso XII.

Podemos asomarnos ya a la Corte de los Milagros de Valle Inclán: el reinado de Isabel II. Isabel tenía un carácter temperamental y apasionado, al mismo tiempo que mostraba una ardiente sensualidad probablemente heredada de su madre, lo que es generalmente aceptado como una de las indudables características de todos los integrantes de la Casa de Borbón en España (otra es su querencia por el dinero). Tampoco es que supiera dedicar el tiempo en actividades más trascendentes o elevadas ya que ni su madre ni los distintos espadones que la utilizaron tomaron mucho interés en mejorar su formación al creer que así sería más facilmente manejable; a los diez años Isabel resultaba atrasada, apenas si sabía leer con rapidez, la forma de su letra era la propia de las mujeres del pueblo, de la aritmética apenas sólo sabía sumar siempre que los sumandos fueran sencillos, su ortografía pésima. Odiaba la lectura, sus únicos entretenimientos eran los juguetes y los perritos. Por haber estado exclusivamente en manos de los camaristas ignoraba las reglas del buen comer, su comportamiento en la mesa era deplorable, y todas esas características, de algún modo, la acompañaron toda su vida, así es descrita. No mejoraron sus cualidades intelectuales con la edad pero, al parecer, las referidas bastaron para que fuera proclamada mayor de edad -reina era desde los 3-  con 14 años, en 1843. A partir de esa fecha se convierte en cuestión de Estado -como forma de desactivar la causa carlista- el matrimonio de Isabel II. Lo más eficiente hubiera sido su matrimonio con el hijo del pretendiente carlista, Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolín. Isabel II no aceptó -a instancias de la facción liberal- y ello dió origen a la segunda guerra carlista, con el conde de Montemolín como Carlos VI de pretendiente carlista al trono de España. El matrimonio de Isabel se convirtió en cuestión internacional, ya que distintos países maniobraban para que esa unión no desequilibrara el complejo sistemas de alianzas en la Europa de la época. Eso condujo a la solución neutra de buscar pretendiente dentro de España y el gobierno no encontró mejor alternativa que casar a Isabel con su primo Francisco de Asís de Borbón; Isabel contrajo matrimonio con él al cumplir 16 años. Francisco de Asís era notoriamente homosexual y por tanto el matrimonio fué meramente de apariencias: de los doce hijos que tuvieron oficialmente (siete muertos al poco de nacer) se cree con fundamento que Francisco de Asís no es padre de ninguno de ellos; por algo era la Corte de los milagros. Militares de variado rango -capitanes, coroneles, generales- nobles, cantantes y hasta un composior, Arrieta, fueron alternándose en el favor y subsiguiente paternidad de los hijos de Isabel II. Su séptimo hijo, bautizado como Alfonso Francisco de Asís Fernando Pío Juan María de la Concepción Gregorio Pelayo, el futuro Alfonso XII, era, con bastante probabilidad, hijo del capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó; en aquella ocasión Isabel le preguntó a su médico, Tomás del Corral, si la criatura sería varón o hembra, y como éste acertó al predecir un varón, Isabel le nombró marqués del Real Acierto: campechanía borbónica.

Fernando VII (y también su padre, Carlos IV) habían puesto alto el listón en cuanto a incapacidad gobernante, especialmente dañina para un país en permanente recesión política y  económica desde el siglo XVI, pero su hija, Isabel II, puso todo su empeño en perpetuar -y, en lo posible, mejorar-  las  ya reconocidas como habilidades borbónicas. A partir de ella, la dinastía Borbón acumularía varias expulsiones de España -tres o cuatro, según si contabilizamos personas expulsadas o expulsiones- y, como broche, una huída -previendo la expulsión- la de Juan Carlos I.

Finalizó, pues, Isabel II su reinado con la primera expulsión real (segunda, si contabilizamos la de su madre) tras la revolución de 1868 (La Gloriosa); afortunadamente estaba en San Sebastián veraneando y fué más corto el trayecto hasta Francia, donde recibió el amparo de Napoleón III (los Napoleón siempre tan atentos con los Borbón). En 1870 abdicó en favor de su hijo Alfonso, que en 1874 volvió a España como rey Alfonso XII fruto de una sublevación militar contra la I República española, a cargo del general  Manuel Pavía, que entró al frente de la Guardia Civil en el Congreso de los Diputados, inaugurando así una tradición muy española. Con anterioridad a la República se había intentado la implantación de un verdadera monarquía constitucional bajo el reinado de Amadeo I de Saboya (1871-1873), experimento que fué saboteado por unos y otros y Prim, el general liberal valedor del intento, asesinado.

Alfonso XII había proclamado (manifiesto de Sandhurst) ser un príncipe católico, español, constitucionalista, liberal y deseoso de servir a la nación. Parece que esos méritos autoatribuídos les parecieron suficientes a quienes integraban la facción monárquico-militar-restauracionista para promover de nuevo a un Borbón de 16 años al trono de España. Durante su reinado se aprobó la nueva Constitución de 1876 (en que se basó el sistema político de La Restauración) y durante ese mismo año finalizó la guerra carlista, dirigida por el pretendiente que por entonces era Carlos VII (Carlos de Borbón y Austria-Este), sobrino de Carlos VI, éste había acabado reconociendo a Isabel II como reina legítima de España. Alfonso XII murió de tuberculosis a los once años de reinado y 27 de edad; seguramente esa brevedad vital le procuró el mérito de ser el único Borbón que no ha finalizado sus días fuera de España desde Fernando VII. La inesperada muerte del rey en 1885,  provocó una crisis que llevó al Gobierno presidido por Sagasta a paralizar el proceso de sucesión a la Corona (Alfonso XII ya tenía dos hijas con su segunda esposa y dos hijos extramatrimoniales con la contralto Elena Sanz) a la espera de que la viuda del rey, María Cristina de Habsburgo-Lorena diese a luz, ya que se encontraba embarazada en aquel momento. Cuando el 17 de mayo de 1886 la reina regente dio a luz a un varón, bautizado como  Alfonso León Fernando María Santiago Isidro Pascual Antón, fue reconocido de inmediato como rey, siendo un caso único en la Historia.

Así pues, podría decirse que Alfonso XIII fué rey antes de nacer. Durante su reinado dió muestras de agotamiento el tramposo sistema político-caciquil conocido como La Restauración, impulsado originalmente por Cánovas (conservador) y Sagasta (liberal). Vino a dar la puntilla definitiva al sistema establecido el que el rey Alfonso XIII, fuera de los cauces constitucionales -en realidad, traicionando su juramento de lealtad a la Constitución- apoyara el golpe de Estado militar del general  Primo de Rivera en 1923, siguiendo los ejemplos fascistas de la Europa de entreguerras. Su intromisión en cuestiones políticas -su manipulación de voluntades se acabó conociendo como borboneo- y militares que ocasionaron desastres en Marruecos y la corrupción subyacente coadyudaron al desprestigio de la monarquía. Los partidos republicanos establecieron un frente común frente al monarca mediante el Pacto de San Sebastián, y en 1931, las elecciones municipales ganadas por éstos en las capitales de provincia más importantes y representativas fué el desancadenante para la proclamación de la II República española. Desde el mismo instante de la expulsión de España de Alfonso XIII, la facción monárquica, aliada con el gran capital, comenzaron a maquinar contra una República legalmente constituída. En 1932 -sólo un año después- se produjo el primer intento de sublevación militar contra la República a cargo del general Sanjurjo.

Alfonso XIII tuvo siete hijos con su esposa Victoria Eugenia de Battenberg y cinco -que se sepa- fuera del matrimonio. El primogénito, Alfonso, príncipe de Asturias nació hemofílico (enfermedad transmitida por su madre) y renunció a sus derechos al trono en 1933. Su segundo hijo Jaime quedó sordo a la edad de cuatro años, lo que ocasionó que su padre le presionara para que renunciara a sus derechos de sucesión, lo que hizo también en 1933, aunque luego quiso retractarse (a diferencia de Felipe V no pudo). El siguiente hijo varón vivo, Juan (Juan III in péctore), acabó siendo el sucesor dinástico tras la muerte de Alfonso XIII en 1941. La sublevación militar contra la II República Española  fué apoyada incialmente por Juan de Borbón, que corrió a alistarse en el bando sublevado a poco del comienzo de la guerra civil, creyendo que con ello haría méritos para recuperar el trono de España, mediante otra restauración. Franco tenía otros planes, y durante cuarenta años le dió largas -Juan, además, borboneaba torpemente con unos y con otros pensando que con ello podría desplazar a Franco, con el consiguiente recelo y animadversión de éste- y mantuvo hasta su muerte un país de monarquía sin monarca con su propia figura caudillista como regente virtual, preparando no una restauración sino una instauración y no la de Juan sino la de su hijo, Juan Carlos, que consideraba más maleable para una monarquía que velara por la pervivencia de su legado político, y preservara la España del Movimiento Nacional, católica, anticomunista y antiliberal

Llegamos así a la Transición del 78, conocida para muchos, y a la actual monarquía. Pero eso ya no son antecedentes, si no consecuentes.