miércoles, 23 de septiembre de 2020

Los números

Los números son mucho mejores que el algodón del anuncio: nunca engañan (salvo burdas manipulaciones que acaban generalmente descubiertas). Y, además, tienen bastante importancia a nivel histórico; eso aseguraba Rémy -profesor de Historia- en Las invasiones bárbaras; la tesis es que el número -la cantidad- es determinante para explicar la Historia. Y es fácil comprobar que los números nos acercan a la verdad -y a relativizar lo justo- si los contrastamos con el tratamiento cualitativo de la realidad o con la atención dedicada a ellos en los medios de comunicación. Vamos a repasar brevemente unas cuantas cifras de desastres históricos ocurridos en este país, concretamente vamos a repasar el número de fallecimientos por causa de guerras, terrorismo, epidemias, etc. es decir, por causas no habituales (que etiquetarlo como no naturales sería discutible), la contabilización adjudicable a los cuatro jinetes del Apocalipsis (en España):

CoVid19 (2020, hasta la fecha): 31.000

Gripe española (1918): 147.000, (1919) 21.000, (1920) 18.000

Guerra civil española (1936-1939): entre 651.000 y 735.000 (entre 150.000 y 200.000 muertos en acciones directas de guerra (batallas, bombardeos), 155.000 por la represión en la retaguardia y entre 346.000 y 380.000 por enfermedades, hambrunas o privaciones derivadas de la contienda). Es decir, entre el 2,63% y el 2,97% de los casi 25 millones de la población de España de esa época.

Represión franquista (1939-1943): 150.000 (número similar a la represión en retaguardia durante la guerra civil o a los muertos en combate durante la misma; naturalmente en este caso todos represaliados).

Terrorismo de ETA (1975-2011): 829

Atentado terrorista del 11 Marzo 2004: 192

Y, para comparación, algún dato de los mismos o similares desastres a nivel mundial (algunos responden a una estimación media):

CoVid19 (2020, hasta la fecha): 967.000

Primera guerra mundial (1914-188 ): 10 millones (sólo combatientes) 

Gripe española (1918): entre 20 y 50 millones

Genocidio armenio (1915-1923) entre 1,5 y 2 millones

Holomodor (Ucrania, 1932-1933): 1,5 millones

Segunda guerra mundial (1939-1945): entre 55 y 60 millones (incluída la población civil).

Holocausto (1939-1945):  18 millones (6 millones de judíos, 9 millones de ciudadadanos soviéticos, 2,5 millones de polacos...7.000 republicanos españoles)

Gran Salto Adelante (China, 1958-1962): entre 20 y 45 millones

Atentado del 11 de Septiembre de 2001: 2.996 (incluyendo a los 19 terroristas y a los 24 desaparecidos)


domingo, 20 de septiembre de 2020

IDA (III)

Un tonto encumbrado -por los motivos que sean, entre ellos el interés de otros o, simplemente, el azar- a pocas luces que tenga, suele elegir -de ser posible- como colaboradores o subordinados a otros tontos de tontuna más profunda que la suya propia, de forma que ésta quede camuflada y menos ostentosa: supongo que sea una de las primeras normas a cumplir por el tonto encumbrado. La actual presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (IDA), fue una apuesta personal del presidente del PP, Pablo Casado, al que le pareció suficiente garantía de competencia para ostentar cargos políticos de responsabilidad el hecho de que Díaz Ayuso ejerciera de community manager para la cuenta de Pecas -el perro de Esperanza Aguirre- en Twitter (es lo que tienen las cosas locas -en sustitución de los méritos- que hiciste para escalar, que luego siempre hay quien te lo recuerda). En éste caso concreto está claro que méritos como tal no había, pero Casado debió convencerse de que si Esperanza Aguirre, Cristina Cifuentes o Ignacio González habían fungido como presidentes de la CAM (sin reparar mucho en sus respectivos finales de carrera política), Díaz Ayuso, debidamente asesorada (MAR de guionista) y atendiendo a sus directrices, podría igualmente cumplir con ese rol. Siendo pues un tonto eligiendo y dirigiendo a otro tonto(a) ¿que podría haber salido mal?...pues sí, casi todo. En primer lugar, Díaz Ayuso, es una radical incompetente -no me refiero a extrema o tajante, si no a su incompetencia genuina, de manual-  incompetencia a secas, como ya hay quien lo ha descrito con precisión, pero agravada en éste caso por una -también radical- inconsciencia de las propias limitaciones: no se puede explicar de otra forma esa esperpéntica figura comunicativa inaugurada por Díaz Ayuso y denominada en su honor, precisamente, ayusada; algunas de ellas -que no reitero por no aburrir, basta utilizar ese palabra en en buscador para entretenerse un buen rato- se han hecho aún más famosas que los inconmensurablemente largos vericuetos linguísticos inconclusos de Rajoy y denotan, ya digo, una inmotivada  pero aplastante seguridad en que cualquiera de sus emanaciones mentales, por descabellada que sea, es digna de ser escuchada y tenida en cuenta; en resumen, IDA padece una falta total de autocrítica y aún del sentido del ridículo: un personaje ideal para cumplir los designios de quien la colocó en su puesto y soltar el disparate(s) diario sin perder esa sonrisa forzada y esa expresión ausente y un punto intranquilizadora.

Sé que soy reiterativo -seguramente en exceso- pero últimamente encuentro que los tontos representan -mucho antes que los malos- el auténtico peligro: primero los electores, y luego los elegidos (o al revés, una vez que los útimos ejercen). Creo que Isabel Díaz Ayuso es una gran presidenta. Para mí es la alternativa, el ejemplo de lo que nosotros querríamos hacer a nivel nacional. En cuanto los españoles nos den su confianza, lo haremos, decía Pablo Casado en Mayo. No será que no avisan: ya saben los que confíen en el PP lo que nos espera a los españoles si éste partido estuviera a los mandos (delegando en el Homer Simpson ó IDA de turno la dirección de la central nuclear de Springfield, mientras el PP continuaría con su labor fundamental: reconvertir lo público en privado, redirigir lo de todos a los bolsillos de algunos, los suyos, en primer lugar).

viernes, 18 de septiembre de 2020

El 155 (ahora para Madrid)

Hay quien cree oportuno, a la vista de la desastrosa gestión de la pandemia de CoVid19 en la Comunidad de Madrid, proceder a la intervención del gobierno autonómico de ésta mediante el Artículo 155 de la Constitución, tal y como se hizo -por primera vez- en Cataluña en Octubre de 2017.

No estará de más -es breve- recordar el texto del Artículo 155 de la Constitución (ese del que dicen que es como El Quijote, que muchos dicen haberlo leído, sin ser cierto):

1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.
2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas. 

Tampoco creo que esté de más recordar que dicho artículo es una trasposición aproximada de un artículo -el 36, exactamente- de la vigente Constitución de la República Federal Alemana; nuestros padres de la Patria se esforzaron lo justo y tuvieron en la alemana una fuente amplia de inspiración (no por casualidad) para nuestra Constitución del 78; dicho artículo dice:
 
1. Si un Estado no cumpliere las obligaciones federales que le incumben con arreglo a la Ley Fundamental o a otra Ley Federal, podrá el Gobierno Federal, con el asentimiento del Consejo Federal, adoptar las medidas necesarias para imponer a dicho Estado el cumplimiento de sus deberes mediante la coerción federal.
2. Para el ejercicio de la coerción federal, tendrá el gobierno Federal o, eventualmente, su comisionado el derecho de impartir directrices frente a todos los Estados regionales y sus órganos.
 
Aún con el modelo adoptado, la discusión  parlamentaria sobre el artículo 155 fué en su día sujeto de tantas tensiones partidarias que su redacción quedó como se ha citado: radical y ambigua a la vez y desde luego, sin mejorar el original, introduciendo conceptos de tal amplitud que permiten que sea utilizado de forma arbitraria: ¿cuando se está atentando gravemente contra el interés general de España?, por ejemplo,  encomendando  al Senado encontrar la respuesta a esa y otras preguntas y decidir en consecuencia. 
 
El artículo 155, pues, pretende cumplir la función de un último recurso destinado a salvaguardar la soberanía nacional frente a  la posible insumisión de los poderes territoriales o autonómicos, convirtiendo  así al Estado español no en un ente de soberanía integrada sino basado en una soberanía central superior de la que dependen en forma delegada o tutelada (dependiendo del grado de insumisión al gobierno central) las distintas soberanías territoriales; no en vano nuestro Estado de las Autonomías se ha considerado un caso de estudio en derecho administrativo comparado en cuanto a intentar una fusión de los conceptos de Estado centralista y federalista: un intento de conjugar y hacer posible una forma de reunir las Españas históricas en una sola España; quizá el experimento no haya sido tan exitoso como los gurús de la Transición han asegurado.
En todo caso, el artículo 155 responde a un supuesto de excepcionalidad; si cada vez que una Comunidad Autónoma se desviara del interés general de España -a criterio del gobierno central- se recurriera a su aplicación, correríamos el riesgo de desequilibrar de forma  sustancial el delicado sistema de nuestro Estado de las Autonomías; aunque quizá ese fuera un buen punto de partida para que los españoles se plantearan (recuperando lo aprovechable de nuestra historia) definitivamente la necesidad de abordar una reforma fundamental de la Constitución -o unas elecciones constituyentes- que abordaran la posibilidad de la formación real de un Estado federal, así como su forma y jefatura (monarquía o república).

Finalmente, la aplicación -a mi modo de ver, injustificada y también mal ejecutada- del artículo 155 en Cataluña, no debería servir de pretexto para su aplicación ahora en Madrid, que deberá resolver su evidente desgobierno actual por los medios políticos legalmente previstos para ello.

martes, 15 de septiembre de 2020

El cono del silencio.

Los dirigentes de los partidos -los que tienen una cierta historia, al menos desde la Transacción del 78- tienen la costumbre de negar a sus antecesores, generalmente superando las tres veces que San Pedro negó a Cristo; negación que suele incluír expresamente  varios yo no estaba, yo no era, yo no sabía para rematar con un me sorprende y me disgusta eso que usted afirma sobre la corrupción en mi partido; M. Rajoy llegó incluso a rizar el rizo afirmando que la trama Gürtel era una conspiración contra el PP, al igual que Esperanza Aguirre afirmaba -sin ruborizarse- que ella había sido  quien había destapado, sin ser consciente -desconocimiento casi virginal- esa misma trama. Como antecedentes cercanos de ese proceso de negación tenemos a Isabel Díaz Ayuso, que aseguraba ser la otra -nada que ver con Esperanza Aguirre o Cristina Cifuentes- y ahora es Pablo Casado quien afirma que él, en la época de los casos de corrupción del PP -y el posterior intento de volver a poner la tapa a la Gürtel creando y utilizando  la denominada policía patriótica, utilizando para ello recursos públicos- era un simple diputado por Ávila, provincia que, como todo el mundo sabe, está bajo un gigantesco cono del silencio como aquél -que ni era un cono ni resultaba ser muy silencioso- a que tan adicto era Maxwell Smart (Superagente 86); cono que en éste caso, además, dispone de un filtro especial para todo lo que suene a corrupción en el PP, y así es difícil que él pudiera enterarse de nada: ni la una ni el otro se consideran responsables de lo que ocurría en el PP en la época en que se estaban produciendo los casos de corrupción en su partido.

Pero no es sólo que cuando se acepta la responsabilidad de dirigir un partido político y se recibe la herencia del anterior equipo directivo se entiende que dicha herencia se recibe íntegramente -es decir, deudas incluídas- es que, además, -y sobre todo- tanto Isabel Díaz Ayuso como Pablo Casado ocupaban ya entonces puestos relevantes en la organización del PP y aún más, ambos estaban muy cerca de la información que se manejaba en el PP a todos los niveles (no olvidemos que ya entonces Pablo Casado gozaba de la confianza de políticos del PP como Alfredo Prada, Esperanza Aguirre y José María Aznar e Isabel Díaz Ayuso estaba igualmente a las órdenes de Alfredo Prada, consejero de Justicia e Interior del Gobierno la Comunidad de Madrid, dirigiendo su departamento de prensa, ganándose la confianza de Esperanza Aguirre mientras tuiteaba los pensamientos políticos de Pecas, el perro de ésta; Prada fué en 2008 objeto de contravigilancia -la famosa gestapillo de Madrid- posiblemente como producto de la competencia entre las tramas Gürtel y Púnica): y que fué justamente la información que ambos poseían debido a sus respectivos cargos la que seguramente hicieron valer para escalar a sus actuales puestos directivos (no olvidemos tampoco que tanto Esperanza Aguirre como Cristina Cifuentes fueron valedoras cercanas de Isabel Díaz Ayuso en su acceso a la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid por el PP y que Dolores de Cospedal -actualmente investigada en el caso Kitchen- la valedora decisiva de Pablo Casado -contra Soraya Saénz de Santamaría- en su proceso de elección como presidente del PP; todo hace sospechar, pues, que sea fundamentalmente falso que ambos políticos ignoraran -ya entonces- las profundas implicaciones estructurales dentro del PP de lo que suponían los casos de corrupción que se han ido conociendo públicamente con posterioridad y en incesante cadencia; por resumirlo gráficamente, ambos llevan tan adherida la mierda a las suelas que ni cambiándose de zapatos harían que el olor desapareciera (que parece ser que es lo que Pablo Casado se está planteando con el abandono de la sede del PP de Génova 13: un desesperado alejamiento de tan enmierdado edificio; todo un símbolo irradiando pútridos efluvios).

lunes, 7 de septiembre de 2020

-cracia

 

...el sufijo -cracia, procedente del griego, significa gobierno, dominio o poder; es decir -resumiendo- la sumisión de unos humanos a otros -generalmente una minoría privilegiada- que marcan unas reglas de coexistencia y, en general, marcan sus condiciones de  vida; desde ese conocimiento es fácil creer que una solución sería suprimir radicalmente esa sumisión: la acracia (doctrina que propugna la supresión de toda autoridad heredada o autoconferida); lamementablemente, para llegar a esa utópica Arcadia, cada ser humano debería ser alguien profundamente educado, empático con sus semejantes y con la conciencia plena de ser parte de una sociedad a la que debería dedicar su vida y esfuerzos con el objetivo último de lograr el bien común: sabemos por experiencia histórica que ese mito nunca se ha hecho realidad (aunque ha habido meritorios intentos, incluso en España, y en las difíciles circunstancias de una guerra civil); vivimos de mitos que hay quien pretende hacernos creer que son reales, la democracia no deja de ser otro mito.

Por ello -siendo realistas- lo más parecido a esos mitos y a lo que podría aspirar hoy día sería vivir en una ginecocracia (gobierno de las mujeres). Es un hecho conocido que de los 10 países que mejor han gestionado la crisis de la Covid19, 8 están dirigidas por mujeres, siendo así que sólo el 7% del total está bajo su responsabilidad de gobierno. El ejemplo prototípico es Angela Merkel, canciller de Alemania que, como es sabido, lidera un partido conservador; sin embargo, ello no ha sido obstáculo para que impulse decididamente políticas inteligentes, positivas y sociales ante la pandemia.

Espero poder ver el día en que este país sea dirigido por una mujer -que no haya adoptado los roles machistas, evidentemente, la testosterona sintética es mucho más peligrosa para el cerebro que la masculina natural- así como espero ver el día en el que un país de ciudadanos responsables y con criterio político -es sólo una hipótesis que pudiera ser éste, pero que por imaginar no quede-  decida constituirse en República (otra forma de -cracia, otro mito) como mal menor. Ambas visiones me corren cierta prisa, pero vamos, que me conformaría con que otros lo pudieran ver.

martes, 1 de septiembre de 2020

Se puede (si se quiere)

Nadie no puede arrimar el hombro, ha manifestado Sánchez durante su conferencia ante banqueros, empresarios y agentes sociales. Es conocida la dificultad del empleo de la doble negación en español (que se lo digan a James Rhodes); creo que hubiera sido  más correcto decir Nadie puede no arrimar el hombro; tal y como se ha expresado el presidente del gobierno me recuerda ligeramente a Polifemo después de perder su ojo por la perfidia de Ulises. Y aún así, el lema genérico de la conferencia, España puede (tan peligrosamente cerca del lema de Unidas Podemos, Sí se puede) mantiene la tradicional confusión entre los verbos poder y deber; habitualmente decimos que no se puede hacer tal cosa cuando queremos decir que no se debe, justamente después de constatar que se ha hecho (indebidamente).

Como ejemplos de esta matización -no puramente lingüística- podríamos citar algunos: se puede (pero no se debe) consentir por parte de la ciudadanía que sus represetantes políticos utilicen el sufrimiento de amplios sectores de la población debido a la pandemia de forma puramente partidaria, utilizándolo como combustible para sus fuegos particulares; se puede (pero no se debe) contemplar antes los intereses de las empresas y del gran capital que los de la mayoría de los españoles; se puede (pero no se debe) continuar ignorando las promesas por parte del partido mayoritario en el gobierno actual en cuanto a la derogación efectiva de las leyes retrógradas y lesivas para la mayoría de la población y promulgadas por el PP a partir de 2010, tales como la Reforma Laboral o la Ley Mordaza; se puede, (pero no se debe) ignorar los derechos y la dignidad de nuestros mayores...todo ello se ha podido y se está pudiendo hacer, indebidamente.

Resumiendo, si le hubiera querido Sánchez dar más fuerza al lema, hubiera debido emplear España debe; sin ser devoto del autoritarismo, creo que actualmente los españoles necesitamos que nos digan -con argumentos y razonadamente- lo que debemos hacer, no lo que podemos hacer (uno de los puntos débiles de la denominada desescalada ha sido confiar en la madurez, responsabilidad y autodisciplina  colectiva de los españoles: la inmadurez, irresponsabilidad e indisciplina no son sólo anecdóticas, a diario tenemos ejemplos de ello; puede que sea un minoría de españoles, pero me temo que no, habida cuenta la cantidad de tontos existentes). Sí, en las circunstancias actuales hay que emplear más el tono de lo que debemos que de lo que podemos: lo primero es lo concreto y efectivo, lo segundo es etéreo voluntarismo buenista. Una vez decidido que es lo que debemos hacer, que sería -en su consideración como Razón de Estado-  lo primero a concretar, claro. A este respecto, un buen escenario concreto -o diagnóstico de prioridades- son las propuestas de Sánchez: transición digital, transición ecológica, cohesión social y territorial y un cambio feminista; sólo falta que esta vez se pase del se puede al se debe y, finalmente, se lleve a la práctica (cosa que no suele ocurrir).