
La deshumanización y cosificación del enemigo en cualquier enfrentamiento o guerra no es nada nuevo, es cierto, y si el ejemplo paradigmático es el del régimen nazi respecto a los judíos intentando privarles, antes que nada, de su humanidad al describirles como untermensch (infrahumanos), ya antes de los nazis, la propaganda de guerra -desde que se tiene constancia histórica, pero sistemáticamente y potenciada por los medios de comunicación, a partir de la primera Guerra Mundial- describía al enemigo -a todos y cada uno- como un ser sin moral, sin conciencia, bárbaro, violento y dominador por naturaleza, candidato a ser eliminado -otro eufemismo, como retirado, en Blade Runner- sin contemplaciones ni remordimientos; a la vez, se describía al propio país, al propio bando, como garante de paz y justicia, que sólo combatía por haberse visto obligado a ello por un enemigo irracional y salvaje (¿de qué me sonará todo ésto?). El evidente peligro de la escalada de violencia a que conducen todas las guerras es que, al proponer respuestas supuestamente proporcionales ante un enemigo bárbaro, se acaba siendo tanto o más bárbaro que él para poder vencer; es decir, si para para lograr vencer a los actuales terroristas los medios que se nos proponen se basan en ignorar las propias normas y leyes, acabaremos todos -si no lo estamos ya- bajo el control de gobiernos y Estados practicantes de un terrorismo de facto -sin necesidad de declarar públicamente métodos, medios o intenciones- y respetando una sola ley: la de la selva. A aplicar no sólo a los terroristas, también, por extensión y comodidad del poder, a todos nosotros.
La incapacidad colectiva para hacer efectivos nuestros supuestos valores y, por contra, aceptar implícitamente los de los terroristas -otra señal más del declive del mundo occidental- sí que me ha dejado abatido.
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