
Pues bien, siendo ambos responsables últimos del desastre de país -a todos los niveles- que hoy padecemos, no tienen ningún empacho en recomendar como debe gestionarse políticamente una situación que es claramente producto de la putrefacción de las instituciones del Estado a la que ellos contribuyeron de forma principal. A González el pentapartidismo le parce mal; dos es, según él, la medida correcta, para que todo quede en casa en una apariencia formal de democracia para permitir que sea posible tener objetivos comunes y buscar los espacios de
centralidad en los que hay que entenderse para dedicarse a las
cuestiones serias que los países necesitan; Aznar coincide: a falta de centralidad y de objetivos compartidos estamos jugando otros partiditos bastante menos interesantes. Ambos han compartido, igualmente, su preocupación sobre como la falta de estabilidad y centralidad puede acabar afectando a la economía -seguramente estaban pensando en la suya- y, finalmente, han bromeado sobre lo mucho que están de acuerdo ahora en numerosas cuestiones; se deben creer en la obligación de mantener la representación de aquél guiñol que data de los años noventa del siglo pasado, por si alguien, a día de hoy, siguiera creyendo en él; que pudiera ser, la credulidad de la opinión pública se ha demostrado cercana al infinito (convenientemente entontecida por los medios al servicio del establishment).
Pero, sobre todo, que reclamen centralidad aquellos que contribuyeron tan directamente a polarizar la sociedad española entre más ricos y más (muchos más) pobres -todos los indicadores dedicados a medir la creciente desigualdad de la sociedad española lo demuestran- no deja de ser una burla sangrante. Eso es lo que debía hacerles tanta gracia.
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