domingo, 12 de febrero de 2023

¿Conspiranoia?

Creo no ser conspiranoico, pero pudiera estar equivocado; lo digo porque se va afianzando en mi cerebro la idea de que el bipartidismo en este país va más allá -o tiene raices más profundas- de lo que todos suponemos (parece que ese afianzamiento es notablemente lento, este enlace es de hace diez años). Intentaré explicarme.

Todos conocemos el fenómeno bipartidista, ese invento aparentemente importado -o impuesto desde el exterior- para actualizar la dictadura franquista a algo que tuviera la apariencia de democracia homologable con la de los países occidentales a los que histórica, cultural y geográficamente pertenecemos. Resultó, como ya he apuntado en anteriores ocasiones, que el invento no era tal, y ni siquiera importado, si no más bien una reedición de la Restauración canovista de 1.874, que finalizó en 1.923  en la dictablanda de Miguel Primo de Rivera sostenida por la monarquía borbónica, que se saltó ese mismo año la Constitución entonces vigente (recuerdo estos pormenores históricos de sobra conocidos porque no deja de ser curioso el decalaje casi exacto de un siglo respecto a los tiempos actuales).

Pues bien, aparte de la reconocida inspiración bipartidista del Régimen del 78 -en los primeros tiempos basado en el binomio UCD/PSOE y posteriormente en el binomio PP/PSOE, ambos con el auxilio de los partidos nacionalistas como cooperadores necesarios- voy a lo esencial de mis sospechas casi-conspiranoicas y para ello no encuentro nada mejor que hacer/me la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que tanto para la alcaldía de Madrid como para la presidencia de la Comunidad Autónoma de Madrid el PSOE no haya sido incapaz de estructurar una alternativa a los gobiernos de la derecha en ambos ámbitos de poder político -local y autonómico- desde hace más 30 y 20 años respectivamente?

Y esa pregunta la podríamos ilustrar con la información de los candidatos del PSOE a la Comunidad de Madrid en ese período (desde 1.999): Cristina Almeida (1.999), Rafael Simancas (efectivamente, el del tamayazo, que repitió como candidato en 2.003 para ser derrotado inmediatamente después, así como en 2.007), Tomás Gómez (2.011) y Angel Gabilondo (2.015 y 2.019); igualmente con la lista de los candidatos del PSOE al Ayuntamiento de Madrid en ese período: Fernando Morán (1.999), Trinidad Jiménez (2.003), Miguel Sebastián (2.007), Jaime Lissavetsky (2.011), Antonio Miguel Carmona (2.015) y Pepu Hernández (2.019).

Después de analizado todo ello, mi cerebro conspiranoico me devuelve la respuesta a la pregunta que no me he atrevido a hacer: efectivamente, el PSOE no quiere ganar en Madrid. Que, una vez con esa respuesta -y rota la muralla del miedo a no querer sospechar- la he ampliado con el siguiente corolario: y ello se debe a un acuerdo secreto -puede que alguien más lo sospeche, como yo, pero acreditado no lo he visto en ningún sitio- entre el PP y el PSOE como forma de fortalecer el bipartidismo que, a la sazón, se muestra como irrecuperable. En 1.923 fue una dictablanda -hay opiniones sobre su blandura- que duró siete años; no sé que sorpresa nos reserva 2.023.

sábado, 11 de febrero de 2023

Taxis voladores

Lo que más echo de menos en este futuro que me ha tocado vivir son los taxis voladores al estilo de El Quinto elemento ó Blade Runner. Mucho menos me ha defraudado la ausencia de cambios sociales reales analizada la historia de la humanidad como nos es conocida y observando que antiguos griegos y romanos nos son tan próximos y semejantes: el hombre continúa siendo un lobo para el hombre -homo hominis lupus-; es imposible no ser hoy pesimista respecto al futuro de la humanidad, viendo como se ha cedido el control estratégico sobre ese futuro a un sistema económico y social -el capitalismo-  basado en una producción  material ilimitada que obvia el condicionante evidente de los  recursos limitados del planeta que habitamos y que en el camino de la consecución de ese objetivo imposible que es el crecimiento material ilimitado, crea unas lacerantes desigualdades sociales así como la destrucción total del propio planeta, que es usado únicamente como fuente de recursos y no como un hogar común, el único que tenemos.

Pero, ya digo, echo de menos los taxis voladores, sobre todo porque tenía curiosidad por ver cómo se resolvía la navegación y el ordenamiento circulatorio en tres dimensiones. Que lo de estos taxis no sé si llegará a ser realidad, pero lo de una sociedad más justa parece menos probable aún.

miércoles, 25 de enero de 2023

Topar

En nuestro patético seguidismo angloide, motivo de insignes novedades idiomáticas tales como hoja de ruta ó tolerancia cerotopar es una de las últimas incorporaciones. En nuestro idioma topar era, hasta ahora, chocar, encontrarse inesperadamente con algo o alguien, tropezar con algún obstáculo y otras acepciones menos comunes tales como echar a pelar a los gallos en modo de prueba -en Sudamérica- apostar en el juego o recibir y atender a un viajero a su llegada. Pues bien ahora, también significa limitar, palabra ya existente en nuestro idioma y que significa inequívocamente poner límites a algo, con la ventaja sobre topar que lo hace integralmente, es decir, no sólo por arriba sino también por abajo y por los lados; lo que no impide comprender, también clarísimamente, que cuando se usa para referirse a limitar el precio de algo es para significar que se está haciendo por arriba.

Vamos, que con topar no mejoramos el idioma, más bien lo embestimos (topamos), aunque sirva para entenderse con otros toperos topistas) del idioma.

domingo, 25 de diciembre de 2022

El discurso del rey: los esforzados de la ruta.

Me recordadaba anoche el rey, en su habitual mensaje institucional navideño, al director deportivo de  un equipo ciclista, cuando con una mano en el volante del coche, la ventanilla bajada, y con la otra mano dando palmadas en el exterior de la puerta, va animando a su pupilo que sufre, casi exahusto, pedaleando en una prueba contra reloj; claro que algo más descansado el rey: sentado en un silloncito de época y sin elevar mucho el tono; informal y amigable. Pero, en esencia, lo mismo, repitiendo incansable al pueblo español: ¡vamos, vamos, vamos, que tú puedes! (Somos un país que, como ahora, siempre ha sabido responder –no sin dificultades ni sacrificios– a todas las adversidades, que no han sido pocas a lo largo de estos años, en el texto del discurso).

Y poco más; la democracia necesaria, la Constitución buenísima, la OTAN estupenda y Europa imprescindible; y vuelta a lo mismo: dale, dale, dale pedales...(si el éxito de una nación depende del carácter de sus ciudadanos, y de la personalidad y el espíritu que mueve a su sociedad, debemos tener razones para mirar al futuro con esperanza). Pues nada, después de recibir el saludo del rey,  la reina, la princesa y la infanta, ya estaría; ya se sabe: el ciclismo es un deporte agonístico, también agónico, o sea, de mucho sufrir.

Creo que, igual que me impuse la no muy grata tarea de comentar el discurso anual del rey, por el mismo procedimiento me voy a liberar de esa imposición: las dosis de vacuidad buenista pueden llegar a ser intolerables incluso para cualquier esforzado de la ruta, que tampoco es mi caso. ¡Inocente de mí, esperando que el rey esgrimiera su dedete acusador contra jueces corruptos, mafiosos y prevaricadores!

viernes, 23 de diciembre de 2022

Navideñismo

Soy poco navideño; quiero decir que soy poco inclinado a festejar el hecho de ser lo suficientemente hipócrita para creer que ser bueno con nuestros semejantes un par de días -Nochebuena y Navidad- nos da patente de corso para ser malo con esos mismos semejantes el resto de días del año; el ejemplo perfecto de navideñismo pueden ser esas anécdotas transcurridas durante la Primera Guerra Mundial -o en cualquier otra guerra- en las cuales soldados franceses y alemanes, repentinamente imbuídos de espíritu navideño, decidían confraternizar con los vecinos de la trinchera enemiga y reunirse en tierra de nadie para cantar villancicos -cada uno en su idioma, es de suponer- para volver con posterioridad a masacrarse mutuamente a tiempo completo y con resuelta dedicación.
 
Pero ¿a quien no le gusta caer en la trampa de Qué bello es vivir (It's a Wonderful Life) de Frank Capra -película navideña donde las haya, inspirada en el Cuento de Navidad de Charles Dickens- y llorar a moco tendido con las desgracias ocurridas al protagonista -un apropiadísimo James Stewart- hasta ser salvado finalmente del desastre por un ángel meritorio enviado por la divinidad, nada menos? (o sea, ¿a quien no le va a gustar un baptisterio paleocristiano romano del siglo I después de Cristo? que, aunque sea paleo, es cristiano, como Dios manda). 
Y a la espera de la próxima ración de buenismo: el discurso del rey.