martes, 2 de mayo de 2017

La Oficina

Hay veces -como alguien ya se ha percatado- en las que  es difícil saber si se está leyendo El País -por no hablar de otras gacetillas y del nivel mostrado por sus directores- o El Jueves; a veces, desde ésta última se quejan de ello por competencia desleal. Por ejemplo, si quitamos las referencias de marca y los logos que nos orienten, alguien podría saber que ésta noticia es de El País y ésta de El Jueves, o viceversa?
Explorando la de El País, nos podemos informar (¿?), por ejemplo, de que el "caso González" -no el del PSOE, el del PP- y los errores cometidos han ayudado a perfilar mejor esa nueva oficina anticorrupción, y que ahora quieren -en el PP-  que la compongan entre dos y cinco militantes independientes (¿no es ésto un oxímoron?). Igualmente de que el objetivo con la ley de los altos cargos, y ahora con la figura del "Compliance Officer" en el PP, es fijar principios más rigurosos de prevención y gestión de los conflictos de intereses tanto para responsables del Ejecutivo como del partido (no es que utilice la negrita para señalar los puntos de más risa, es que las lágrimas no me dejaban leer lo escrito; he necesitado letras gordas). Al parecer y según también nos informan en El País,  este tipo de oficinas se han impuesto en los últimos tiempos en la mayoría de las grandes empresas privadas y su debate se discute también para su implantación en las diversas Administraciones. Parece, igualmente, que en el PP están a la espera para su aprobación definitiva de que se convoque, en las próximas semanas, un comité ejecutivo nacional o incluso una junta directiva nacional, el máximo órgano entre congresos, pero aún no han cerrado la fecha. ¡Lástima!, pero la intención es lo que cuenta.
¡Y a mí que  ésta novedosa Oficina me recuerda la Oficina Siniestra del genial  Pablo San José García (Pablo) y su variado repertorio de jefes, subjefes y pelotas surtidos! O la de Farala.

jueves, 27 de abril de 2017

La gran falacia, de nuevo

La gran falacia neoliberal se muestra incombustible en casi todo el mundo, pero de forma particular en EE.UU.: la utilizó Ronald Reagan -con el resultado de duplicar el déficit y triplicar la deuda pública de EE.UU. en sólo ocho años-  y la vuelve a utilizar Donald Trump; básicamente se basa en vender a las clases trabajadoras que un capitalismo sin cortapisas les traerá beneficios también a ellas: es decir, la promesa de poder alimentarse teniendo como menú únicamente las migajas que sobren de la mesa del banquete de ricos y poderosos (tampoco es que la falacia sea muy imaginativa, ni requiera de análisis profundos). Y, además, como supuesto beneficio añadido, lograr que el Estado funcione sin impuestos; es decir, que no funcione o que funcione lo menos posible. En resumen, algo así como pretender justificar que las inundaciones son buenas para los pobres porque, finalmente, traen peces que poder comer.
Según el anunciado plan de reforma fiscal del presidente Donald Trump, se prevé una reducción del 35 % actual al 15% en el impuesto a las ganancias corporativas y la reducción de siete a tres tramos en los impuestos que se aplican a los trabajadores, lo que, como es sabido, favorece siempre a las rentas más altas. Y dado que el plan no incluye estrategias compensatorias de la disminución de ingresos federales por impuestos, esto produciría, de llevarse a efecto, un impresionante aumento del déficit público, aunque según el sercretario de Tesoro de Trump, ese déficit se pagaría por sí solo gracias al impulso económico generado; algo así como el cuento de la lechera a costa siempre del gasto social directo cuya responsabilidad actual es del Estado, que se sustituiría por las mencionadas migajas procedentes de los beneficios de las grandes corporaciones.
Naturalmente, el plan beneficiaría mayoritariamente a personas y negocios como los del presidente Trump, como ya han señalado representantes del partido demócrata. Y es que, evidentemente, para Donald Trump ejercer la presidencia de los EE.UU. es una forma más de hacer negocios.

domingo, 23 de abril de 2017

Olla podrida

De la olla podrida -y a presión- que está resultando ser la corrupción que afecta concretamente al PP (donde es devoción lo que tienen por éste plato), resulta que uno de los principales factores que han aumentado la presión de tal manera que nos ha permitido asisitir en vivo al espectáculo de ver salir disparados algunos de sus ingredientes entre chorros de vapor interno -tal como un géiser local de corrupción-, ha resultado ser la propia competencia entre los corruptos del PP: la trama púnica y la trama Gürtel competían entre sí por esquilmar las arcas públicas en los Ayuntamientos de la Comunidad de Madrid; Bárcenas y Lapuerta, desde la tesorería del PP facilitaron a la Guardia Civil las pistas para poder investigar a Ignacio González; no se sabe muy bien quién -pero todo parece apuntar a alguna facción del PP disponía de una contragestapillo opuesta a otra  gestapillo que se dedicaba a contravigilar a miembros del PP no afines- investigaba los viajes a Colombia de Ignacio González y su corte isabelina (del Canal de Isabel II), transportando toallas y gorras en abultadas bolsas de plástico.
Resumiendo, que como ocurre de antiguo -sobre todo en éste país- todos los corruptos existentes en el PP tenían interiorizada la frase de los amigos me guarde Dios, que de los enemigos me guardo yo, relativa a una mezcla específica y local de avaricia y envidia, universalmente propias del género humano: también de siempre las redes de corrupción, asociaciones de filibusteros o mafias han caído porque alguno de sus miembros se sentía discriminado considerando que su parte no era suficente, que merecía más en el reparto del botín.
Pero más allá de contemplar el espectáculo de ver como vuelan los ingredientes -algunos chorizos y morros, sobre todo-, parece que poco más nos toca esperar: el botín, la propia olla, se la continuarán comiendo -o se la comerán tras un breve período, para hacer hambre- los tahúres y ladrones de lo público. Parece que el nombre de olla podrida (poderida) se refiere a que sólo se la podían permitir pudientes y/o poderosos, con independencia de cuan podridos hubieran sido los métodos para llegar a serlo.

viernes, 21 de abril de 2017

Espe llora

Ignacio González lloró cuando sustituyó a Esperanza Aguirre en la presidencia de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre ha llorado al conocer la entrada de Ignacio González en la cárcel: así son en el PP, aparentemente algo llorones, a pesar de que Esperanza Aguirre -que en eso de la desfachatez y la aplicación de la Ley del Embudo no tiene competidor- recomendadaba no hace mucho a Manuela Carmena que para dedicarse a la política, hay que venir llorado/a de casa: ella, que de antiguo llora tan bien en los momentos oportunos. Aguirre conjuga en primera persona perfectamente el verbo -y la acción de-  llorar; el verbo dimitir ya es de otra lección, se vé que más difícil y de un curso al que aún no ha llegado (y es posible que nunca llegue). Yo, sin saberlo, destapé la trama Gürtel, insiste -matizando- en su declaración ante el juez, lo que me ha dejado aún más en la duda: ¿quiere decir que si lo hubiera sabido no la habría destapado o nos quiere decir que era tal su despiste que la destapó sin ser consciente de que estaba levantando la tapa de semejante cloaca?
¿No será que Esperanza Aguirre -a la que cabe perfectamente aplicar la definición de político de Bierce- estará intentando sobrevivir haciéndose la rubia, como su sucesora; Cristina Cifuentes? Es cierto que no parece fácil que alguien que tiene más conchas que un galápago -políticamente y en general- se haga pasar por tonta, pero si lleva años manteniendo que ella no se enteraba de nada mientras casi todos los altos  cargos que ella nombró han acabado siendo sospechosos de corrupción generalizada, es que tampoco hacerse la rubia -o del color que toque- le sea particularmente difícil; aún siendo consciente de que su figura se trata de un cadáver político más en el PP, flotando en ese pantano putrefacto donde proliferan ranas y todo tipo de sanguijuelas, el instinto la puede.
En fin, la política es un arte al que son de aplicación las leyes de los grandes números y seguro que Aguirre -pensando, a pesar del mal panorama que se le presenta, en capear el temporal- supone que alguien quedará que la crea. A ella y a sus lágrimas.

miércoles, 19 de abril de 2017

Rubia platino

Porque parece ser que como resultado  de la operación Lezo -cuanto hubiera agradecido el almirante que se acordaran de su apellido sólo para bautizar barcos de guerra- el juez Eloy Velasco imputa a Francisco Marhuenda y Mauricio Casals -director y presidente respectivamente del diario La Razón-  un delito de coacciones según el artículo 464 del Código Penal (el artículo 464 prevé pena de prisión de hasta cuatro años y multa al que con violencia o intimidación intentara influir directa o indirectamente en quien sea denunciante, parte o imputado, abogado, procurador, perito, intérprete o testigo en un procedimiento para que modifique su actuación procesal), coacción que supuestamente ejercieron sobre  Cristina Cifuentes, para evitar que denunciara las irregularidades dentro de la empresa pública de aguas de Madrid, Canal de Isabel II y en cuyas coacciones está igualmente implicado Edmundo Rodríguez Sobrino, consejero delegado también del diario La Razón, además de hombre de confianza de Ignacio González y presidente de Inassa, filial de Isabel II en Sudamérica, y al que el mismo juez ya ha ordenado detener
Así es que creo que ha llegado el momento en que Cristina Cifuentes va a tener que pasar de hacerse la rubia, -hacerte la tonta, hacer como que no te enteras-  a decolorar aún más  su pelo: ahora tendrá que hacerse, al menos, la rubia platino, como Carroll Baker en Harlow, y aún así no creo que cuele: quiero decir que sólo se puede coaccionar a alguien  mediante intimidación y como no creo que Marhuenda o Casals tuvieran la poca caballerosidad de aplicar una llave de lucha libre a la rubia -aún de bote-  Cristina Cifuentes, yo imagino que la coacción ha debido basarse en obligarla a omitir parte de sus obligaciones a cambio de no dar publicidad a información que poseen y que afecta a la propia Cristina Cifuentes; vamos lo que viene siendo de siempre un chantaje o extorsión. Es un suponer, desde luego, pero parece lógico deducirlo teniendo en cuenta que Cristina Cifuentes lleva 36 años de militando en el PP (desde cuando aún no se denominaba Partido Popular) y que ha ocupado hace tiempo cargos directivos en ese partido, desde donde, evidentemente, ha debido obligatoriamente conocer información relativa a la corrupción dentro del PP de Madrid -aunque ya estuviera practicando lo de  hacerse la rubia- sin que nunca haya tomado ninguna medida contra ninguno de los corruptos señalados en su partido y que vamos conociendo en sesión continua desde hace unos años.
En fin, que a ver cuan tonta -y cuán rubia- puede hacerse cuando se vea obligada a declarar ante el juez Velasco. Porque enterarse creo que ya se habrá enterado.