
Ya lo dijo Adolfo Suárez, durante cuyo mandato, a finales de los setenta, ya la ciudanía experimentó su primer desencanto democrático (vendrían más, inmediatamente después): le hemos hecho creer (al pueblo) que la
democracia iba a resolver todos los grandes males que pueden existir en
España... y no era cierto. La democracia es sólo un sistema de
convivencia. El menos malo de los que existen. Y la democracia de éste país tampoco ha sido, ni es, de una calidad exportable.
Por eso, no creo que nadie debiera alarmar gratuitamente con el actual desencanto político tras las elecciones del pasado 20 de Diciembre; no es el primero; tan consustancial es el desencanto a nuestra idiosincrasia que yo creo que podríamos vivir años sin gobierno, por mucho que algunos lo vean urgentísimo. Que yo creo que éstos últimos lo ven tan urgente no tanto por interés público, sino por propio interés, de ahí su interés en el establecimiento de una Gran Coalición, a la medida de sus intereses. O por acelerar la convocatoria de unas nueva elecciones en las que resulten beneficiarios de una mayor abstención que en las anteriores, como mencionaba.
A quienes defienden la urgencia de contar con un gobierno e instan a otros a que engrosen con su apoyo el pacto del PSOE con Ciudadanos -La Coalicioncita- bajo el pretexto de revertir inmediatamente las políticas sociales de los últimos cuatro años del gobierno del PP, yo les diría que un programa que ya de inicio declara pretender la mezcla de agua y aceite -medidas sociales y neoliberales- es incapaz, por pura lógica, de tal reversión. Y siempre podría el Congreso aprobar por consenso un conjunto de medidas sociales de urgencia, aún sin gobierno.
Para todo lo demás, yo les recordaría el dicho: vísteme despacio, que tengo prisa.
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