Podría coincidir (sólo en las conclusiones) en que en este mundo convulso, donde el multilateralismo y el orden mundial están en crisis, las sociedades democráticas atraviesan, atravesamos, una inquietante crisis de confianza. Y esta realidad afecta seriamente al ánimo de los ciudadanos y a la credibilidad de las instituciones; porque si analizamos las premisas, el multilateralismo nunca existió realmente y el orden mundial está en crisis y en riesgo de implosionar víctima del propio éxito de un capitalismo global y salvaje.
Por lo demás, nada nuevo, mucho voluntarismo positivista como en los once discursos anteriores: los españoles somos un gran país; España está llena de iniciativa y de talento, y creo que el mundo necesita —más que nunca— de nuestra sensibilidad, de nuestra creatividad y nuestra capacidad de trabajo, de nuestro sentido de la justicia y de la equidad y de nuestra apuesta decidida por Europa, sus principios y sus valores. Lástima que nuestro sentido de la justicia y de la equidad coincida tan poco con el de la mayoría de los jueces y que los principios y valores europeos estén actualmente en mínimos históricos. Y que, en democracia, las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas, amenazas; que avanzar consiste en dar pasos, con acuerdos y renuncias, pero en una misma dirección, no correr a costa de la caída del otro; que España es, ante todo, un proyecto compartido: un modo de reunir —y de realizar— los intereses y aspiraciones individuales en torno a una misma noción del bien común; sólo es una dosis más de buenismo inane.

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