Preocupado por la seguridad con que el papa actual ha recuperado el infierno -derivada de su infalibilidad en materia de fe y doctrina- y con la idea de formarme opinión antes de elegir mi destino para toda la eternidad, he decidido recurrir al auxilio de las nuevas tecnologías. Así, ante la pregunta inicial y decisiva ¿como se sabe que el infierno existe? planteada en Google, me he encontrado con el testimonio directo de Santa Faustina Kowalska que, según asegura, se dio un garbeo por los abismos del infierno conducida por un ángel. De los siete (para mantener la tradición bíblica, supongo) tormentos generales a aplicar a los condenados, la verdad es que todos me resultaron reconocibles como padecimientos de este mundo, incluyendo la compañía continua de Satanás (la televisión, el invento del maligno). Es decir, que he salido reafirmado en mi convicción de que el infierno, de existir, está en éste mundo, como ya defendían los cátaros siglos antes de que Sartre matizara que el infierno son los otros (y para convencerse de ello no hay más que reflexionar sobre la tenacidad con que todos nos dedicamos a hacer la puñeta a los demás, a poco que podamos). Como dice un personaje a punto de morir en una novela de Lorenzo Silva (El alquimista impaciente) No
es que no crea en el infierno. Vaya si creo: he vivido allí. Por eso no
me importa lo que me espera. Después de todo, será como volver a casa....
Cualquier ayuda en la concienciación del cambio climático como uno de los problemas a enfrentar debe ser bienvenida, incluso la de Al Gore. Igualmente, cualquier ayuda contra las muchas injusticias que aquejan a nuestra aldea global debe ser aceptada, incluida la de Bianca Jagger. Es justo y, sobre todo, necesario.
Sin embargo, creo que en la entrevista realizada por John Carlin a Bianca Jagger y publicada ayer el El País, en la que ésta última se mostraba indignada con los muertos de SIDA, con la esclavitud sexual, con los criminales de guerra en libertad, con la desforestación del Amazonas y con el mismísimo cambio climático, se podrían haber eliminado las referencias al placer con que –entre golpe y golpe de justa indignación universal- Bianca Jagger daba cuenta de un carnoso lenguado griglie o un delicioso postre de castañas glacé. Aunque sólo fuera por no excitar el apetito de los hambrientos del mundo. Igualmente se podría haber obviado el coste del menú para dos personas en el Santini Restaurant de Londres, 166 Euros: los ingresos de cualquier subsahariano para subsistir varios meses. Bien es cierto que a ninguno de ellos –hambrientos o subsaharianos- es fácil que les llegue la entrevista para que no tengan que padecer, sobre la injusticia que ya padecen, la hipocresía del primer mundo.
Será cuestión de temperamento: a mí las injusticias me ponen mal estómago. No parece se el caso de Bianca Jagger que según el entrevistador mostraba una voracidad insaciable como deglutidora de injusticias mundiales. Para acompañar la ensalada, supongo.