¿Cuánto mercado puede tolerar la democracia? titulaba su artículo en El País Josep M. Vallés el pasado día 11 de Junio. A mi modo de ver, carece de sentido el debate teórico relativo a las relaciones de poder entre democracia, Estado y mercado desde cualquiera de los puntos de vista imperantes en el primer mundo: neokeynesiano, poscapitalista, socialdemócrata o desde el suave enfoque posmoderno de supuestas terceras vías. En el mundo actual, la realidad es que el mercado manda y desde la política se instrumenta ese mandato. Y ello es de aplicación incluso para países de inspiración marxista, como China. Si de algo ha servido esta crisis ha sido para constatar con claridad que los supuestos controles a implementar por parte de los Estados a los usos y procedimientos financieros opacos y salvajes de que se sirve el capitalismo global han quedado rápidamente en nada, y, sin embargo, las imposiciones de los poderes económicos se han convertido en realidad -ejecutadas por un poder político al que evidentemente le sobra lo de poder- antes de que los agentes sociales hayan podido siquiera pronunciar la palabra no. ¿Cómo no deducir de todo ello que el desapego ciudadano ante la política es consecuencia directa, no ya de la corrupción o de la falsedad o ficción de sus planteamientos, si no, más directamente, de su ineficacia e inanidad?. Aún no nos han aborregado lo suficiente para no darnos cuenta de lo evidente. Así, el artículo del señor Vallés, debería haberse titulado, con más propiedad ¿Cuanta democracia puede tolerar el mercado?
Cartas (notas) prescindibles, reflexiones al hilo de lo que sucede (principalmente en España)....
miércoles, 23 de junio de 2010
Lo importante y lo urgente
En la tesitura de tener que elegir entre lo importante y lo urgente, los políticos generalmente optan por lo último. Así, cuando a comienzos de la crisis el presidente del gobierno propuso para este país un cambio estructural de modelo económico -que afectaba igualmente a lo social y a lo medioambiental- con criterios de sostenibilidad y eficiencia, parecía que se intentaba abordar seriamente nuestro futuro: lo importante. Ha bastado alguna demostración de los poderes económicos -de los cuales todos suponemos sus prioridades- para que inmediatamente se olvide lo importante para intentar asegurar lo urgente. Lo urgente para esos poderes económicos, se sobreentiende. Es falso, por tanto, el dilema que hoy se plantea Juan Carlos Rodríguez Ibarra en El País en su artículo Patriotismo y huelga general : jamás hemos tenido, ni remotamente, la posibilidad de mandar a hacer puñetas a los mercados. Por lo que el subsiguiente dilema que plantea -elegir entre suicidarnos o prostituirnos- es igualmente una falacia: hace tiempo que ese ente abstracto pero real, el mercado, decidió no sólo que debíamos prostituirnos, si no que, además, era nuestra obligación poner la cama, es decir, pagar la factura de la crisis que su voracidad llevaba tiempo propiciando. El ejecutivo de este país lo único que ha hecho ha sido traducir y ejecutar ese mandato. Urgentemente.
jueves, 20 de mayo de 2010
Solidaridad y expropiación
Es generalmente aceptado que el lenguaje es algo vivo y que, en consecuencia, las palabras cambian de significado en el transcurso del tiempo. Pero, además, están las modas y los malos usos de ciertas palabras que, repentinamente, resultan sobadas y manoseadas, hasta perderlo. Solidaridad es una de ellas. En su triste discurso anunciador y justificativo de las radicales medidas económicas a cargo de pensionistas, dependientes y funcionarios, el señor presidente del gobierno apeló a la solidaridad de estos colectivos con el país y su déficit. Solidaridad es, en la primera acepción del diccionario, una adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Repárese en lo de adhesión, que para serlo realmente, supone voluntad libre e individual. La segunda acepción de la palabra solidaridad es propia del derecho y aún más restrictiva: modo de derecho u obligación in sólidum; lo cual tiene más que ver con obligaciones de deudores y derechos de acreedores. Que yo sepa, ningún pensionista, dependiente o funcionario firmó nunca ninguna obligación con el Estado reconociéndose ante éste deudor si el déficit de las cuentas del Estado iba peor de lo previsto. Naturalmente, el Estado tiene, en caso de perentoria necesidad, el derecho y el recurso a la expropiación, que es privar a una persona de la titularidad de un bien o de un derecho, dándole a cambio una indemnización. Se efectúa por motivos de utilidad pública o interés social previstos en las leyes. Esta vez, la indemnización será moral -el placer de sentirse solidario, aunque sea a la fuerza- y lo de utilidad pública e interés social, nos lo creeremos, también por solidaridad.
lunes, 17 de mayo de 2010
¿Distopía?
Esta crisis que comenzó siendo financiera, que luego fue económica, es muy probable que ahora se transforme en crisis social; sí, parece que vamos llegando a la tercera fase, aunque sea ella la que nos ha encontrado a nosotros. Pero que nadie se preocupe ante evolución de las subsiguientes fases: el guión ya está escrito. Quienes rigen ese sistema llamado capitalismo, lo tienen todo previsto. Parecería que uno de los resultados inmediatos de esta crisis mundial sería una recesión sin precedentes, un colapso de la sociedad de consumo y, en definitiva, el fin del propio capitalismo. Pero no: resulta que uno de los supuestos objetivos del capitalismo en las circunstancias actuales -imposible ya el crecimiento continuo por falta material de recursos- es, precisamente, el crecimiento cero. El crecimiento cero destruirá los vestigios de prosperidad -que inevitablemente genera progreso- y dividirá a la sociedad definitivamente en propietarios y esclavos. Para ello se sucederán previsiblemente crisis artificiales que mantendrán a la población en un perpetuo estado de desequilibrio físico, mental y emocional, confundiéndola y desmoralizándola para evitar que decida su propio destino, dando lugar a una gran apatía a escala masiva. A estos efectos será utilísimo el actual proceso de degradación sistemática de la educación y la cultura que conseguirá, sin duda, un individuo perfectamente aborregado y sumiso. La juventud de hoy ignora mayoritariamente la Historia, la larga lucha por las libertades individuales y el significado del mismo concepto de libertad; para los capitalistas globalizadores es mucho más fácil manejar individuos sin principios. En fin, que está todo pensado.Ladrillo reducido a polvo
Parece claro que, como país, hemos vivido una larga temporada por encima de nuestras posibilidades. Tras la llegada de la democracia mediante una "exitosa" transición política y nuestra incorporación a Europa, recibimos de ésta fondos que además de ayudar a mejorar nuestras infraestructuras, debieron ser invertidos con más visión de futuro de cara a afrontar ciclos económicos adversos, esto es, a mejorar la productividad y competitividad de nuestra endeble estructura industrial, complementando y diversificando nuestra tradicional fuente de ingresos basada en el turismo y los servicios generados en su entorno. Ello, a su vez, implicaba decididas políticas de estado en dos direcciones decisivas: adecuar y mejorar la educación -baza fundamental para mejorar la competitividad- y el establecimiento de alternativas a nuestra dependencia energética. En vez de ello, bajo el síndrome del tonto exitoso y herederos de la cultura del "pelotazo" -propia de un país históricamente hambriento- dedicamos los recursos del país y los ahorros de sus habitantes -con la inconsciencia y la prepotencia de nuevos ricos- a engordar una burbuja inmobiliaria que suponía pan para hoy -y para algunos- y hambre para mañana, creyendo que en eso consistía el crecimiento económico. Perdimos la ocasión de hacer las cosas mejor; ahora nos tocará pagar la factura. Y, seguramente, no a los responsables de la actual situación, como siempre.
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