jueves, 29 de octubre de 2009

Otra democracia


Escribe hoy en El País Ignacio Sotelo sobre el descrédito de la política -de los políticos, concretamente- analizando las causas de ese cada vez más arraigado prejuicio sintetizado por el sentir colectivo en la frase "todos son iguales". Iguales a la baja, naturalmente. Es difícil admitir esa homogeneidad considerando únicamente la pluralidad que necesariamente ha de existir en cualquier colectivo, pero es muy cierto que el continuo goteo de casos de corrupción no contribuye a que la clase política, en su conjunto, sea lo respetada que su función necesita. En todos y cada uno de los aspectos que el señor Sotelo analiza como deficiencias de nuestro sistema político, subyace un hecho que contamina la totalidad y hace que nuestra democracia sea puramente teórica: la vigente estructura partitocrática convierte la potestad de cada diputado en un mandato imperativo, en beneficio, no de sus electores, si no del partido que les incluyó en sus listas. La disciplina de voto desvirtúa por completo la esencia de la democracia, por lo cual tanto las razones políticas como la forma de expresarlas y justificarlas acaba siendo un mero trámite, sin valor ninguno: todo se podría decidir más rápidamente y con menor parafernalia en las Juntas de Portavoces. Aunque hoy nos parezca mentira, nada de todo eso sucedía en el sistema parlamentario de la II República, en el cual los partidos eran asociaciones privadas carentes de reconocimiento oficial y los diputados eran libres y podían votar en conciencia, no estando sometidos -al menos no con la rigidez actual- a la disciplina partidaria. Sería por eso que los políticos de esa época se veían en la necesidad de conectar directamente con la sociedad y de desarrollar en el Parlamento lo que constituye su esencia y está en la raíz de su nombre: la palabra, el discurso, el debate.

martes, 27 de octubre de 2009

Móviles

Ya se sabe, las herramientas no son buenas ni malas, sólo el uso que hagamos de ellas puede ser evaluado. La tecnología, igual que nos brinda nuevas posibilidades, puede proporcionarnos considerables perjuicios, igual que nos facilita la vida, nos la puede complicar. El teléfono móvil, ese artilugio hace tan poquito imposible y que hoy es aparentemente imprescindible (Lo imposible se vuelve, muy poco a poco, inevitable, dejó escrito Juan Larrea), puede llegar a resultar no ya molesto, si no francamente insoportable. En el tren de cercanías -mi transporte habitual- no es raro que todo el personal de un vagón salga de su apacible somnolencia al amanecer oyendo la bronca que de viva -muy viva- voz ese señor tan trajeado como nervioso está echando al infeliz que, al otro lado del móvil, no le tiene preparado el expediente para una importantísima reunión. Intentando reponernos -tras el agotamiento del repertorio de improperios del señor del traje que, además, ha expandido el aroma de su insoportable perfume con los gestos rotundos con que se animaba al hablar- de la parte alícuota de la bronca que nos ha correspondido a todos y cada uno de los viajeros, comenzamos a enterarnos, simultáneamente, tanto de las instrucciones para elaborar una correcta papilla para bebé -plátano, galleta, leche...- que una madre reitera hasta la saciedad a una primeriza canguro, como del aún más reiterativo diálogo tontorrón -jo tío, claro tío, no sé tío...- de una chica (no se sabe si sobrina o no) con alguien al otro lado del móvil. Si algún viajero pierde involuntariamente el hilo de alguna de las semiconversaciones no hay que preocuparse: aparecen más tíos y el azúcar en sucesivas ediciones de las mismas. Subo el volumen de mi reproductor de música y ni así evito oír un epíteto muy lucido que al señor del traje se le había olvidado y que repite varias veces en un volumen de voz cada vez más alto, de tal manera que la mamá, insegura, se ve obligada a comenzar desde el principio con la receta de la papilla, además de decir a la que imaginamos saturada canguro que le ponga el termómetro a Vanesa, porque ha notado que estaba muy caliente. Más o menos como todos nosotros -involuntarios oyentes- a esas alturas. Pero a grandes males grandes remedios. O lo de la cuña de la misma madera. O quien a móvil mata, a inhibidor muere: veo que en la tienda del espía venden inhibidores portátiles de teléfonos móviles -con un radio de acción de 10 metros- a 257 euros. Los grandes remedios parece que también son caros, en consonancia. Puedo proponer a los escasos viajeros habituales que veo que no utilizan el móvil financiarlo a escote.

martes, 20 de octubre de 2009

Polivalencia


Uno de los rasgos definitorios de un político es la polivalencia, aunque sea aparente. Facilitada por los medios, esta multipresencia tiene un aura de omnipresencia que resulta semidivina. Mariano Rajoy, por ejemplo, al que muchos tildan de indolente o inactivo, lo mismo te hace un queso de cabra, que se opone al proyecto del ley del aborto, que desmiente que a Camps se le vaya por fin a enterrar políticamente. Y todo en el mismo día. Con este trajín no sé si le habrá dado tiempo a leer la carta que le ha dirigido Montserrat Nebrera. Menos mal que al ser una carta abierta, alguien se la transmitirá -comentada y filtrada- seguramente.

La mujer del César


"No hemos oído a Camps hacer manifestaciones en el mismo sentido que Costa, y un secretario general tiene que saber muy bien dónde está". La secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, parece que sí sabe donde está, lo que no es poco mérito en el PP actual. En todo caso, si no lo he entendido mal, lo que se le reprocha a Ricardo Costa, es que, a diferencia del perpetuo ausente Francisco Camps, hiciera declaraciones y afirmara no sentirse muy orgulloso de alguna de sus conversaciones. Es decir que lo malo -para el PP- no es tanto que figuras con cargos de responsabilidad política tuvieran supuestas conductas irregulares, si no su reconocimiento público. Es decir, para el PP, aquello de que la mujer del César no sólo debe ser honesta sino parecerlo, queda reducido a lo último simplemente: que lo parezca aunque todo el mundo tenga fundadas sospechas de que no lo es. Si no sabemos el contenido de las hipotéticas conversaciones de Francisco Camps con su amiguito del alma para hablar de lo suyo -eso tan bonito- de su propia boca, ¿aquí no ha pasado nada?. Efectivamente, parece que el cese transitorio -y alternativo: ahora sí, ahora no- es el que han aplicado a Ricardo Costa, de quien dicen que continúa con sus labores habituales en el PP-ahora sí- salvo -ahora no- en continuar dando comunicados a los medios. "En boca cerrada no entran moscas" ha asegurado David Serra, secretario de organización del PP valenciano. Este ya sabía que para ser mujer de éste César lo mejor es ser muda, como él.

Vox populi vox Dei


En tiempos antiguos se decía que la voz del pueblo era la voz de Dios; tan antiguos que se decía en latín: vox populi vox Dei. Rápidamente -en términos históricos- los obispos de la iglesia católica enmendaron este ingenuo despiste de los primitivos cristianos y ya Alcuino de York (735-804) citó esta frase para negarla, alegando que las masas están siempre bastante cercanas a la locura. Desde entonces, al menos, parece que la jerarquía institucional de la iglesia católica tiene en exclusiva la franquicia de la palabra divina. Para salir de dudas, le planteo al oráculo Google la afirmación "Dios nos habla", y éste me responde en milisegundos a través de una web católica confesa que -sorprendentemente- afirma que Dios nos habla de mil modos, pero que no lo escuchamos por el ruido interior que llevamos dentro. Efectivamente, maximizar la relación señal/ruido ha sido, de siempre, un parámetro fundamental en los sistemas de sonido, de lo que deduzco que la causa por la que no oímos directamente a Dios pudiera ser puramente técnica. Y, seguramente por esto, para evitar que el papa, supremo portavoz de Dios en este mundo, tuviera algún problema en la transmisión de su mensaje, el gobierno de la Comunidad de Valencia decidió gastar más de seis millones de euros en asegurar que su voz se transmitía alto y claro en cada uno de los actos de su visita a este país. ¡Y que son tres millones que, al parecer, se distribuyeron algunos intermediarios de la trama Gürtel, si se trataba de garantizar el filtro del ruido personal y otras posibles interferencias en el mensaje papal, es decir, de Dios!. De paso, constato que lo de Vox populi vox Dei parece estar definitivamente obsoleto, a todos los niveles.