Me equivoco, no sé si más o menos frecuentemente comparado con la media, aunque con la edad creo que menos. Equívoco es, además de error o confusión, algo que puede interpretarse en varios sentidos o dar ocasión a juicios diversos o ser intencionadamente ambiguo. Para entendernos, asumiré que me refiero sólo a lo primero, al tradicional meter la pata no sé si hasta el punto de ser un genuino metepatas; aún así sin saber si en mayor o menor medida que la media (que yo creo que es bastante elevada). Hasta aquí nada reseñable o fuera de lo común, pero mi especialidad característica es, dentro de ésto, que en muchas ocasiones me doy cuenta instantáneamente de mi error, algo así como si al ángel que dicen que llevamos dentro no le diera tiempo para callar al demonio que igualmente dicen que nos acompaña y yo lo presenciara todo en vivo y en directo, de tal manera que si el error consiste en alguna frase inoportuna y/o inconveniente, me doy cuenta de ello incluso antes de acabar de pronunciarla, lo cual me deja generalmente en un mutismo prolongado, como en un pasmo, consciente de que nada lo que dijera a continuación sería capaz de enmendar el error: equivocación y arrepentimiento casi simultáneos; es bastante pesaroso e incómodo continuar la frase con la cual soy consciente de estar equivocándome sin poder hacer nada para evitar que mi boca siga funcionando. Pesar e incomodidad que generalmente me dejan en un estado de irritabilidad necesario y suficiente para añadir -tras el pasmo- un corolario al error en un adorno final; una equivocación con rúbrica: una cagada con guinda, si se me permite expresarlo de forma algo grosera.
En fin, que errare humanum est, sed perseverare diabolicum. Ya, que divino no debo ser, pero diabólico creo que cada vez menos. Y prudente, según Jerónimo de Estridón.
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